Los primeros supernumerarios del Opus Dei. La convivencia de 1948

Uno de los hitos más importantes en la historia de la obra de san Gabriel en el Opus Dei, que terminaría por darle su lanzamiento definitivo, fue la semana de formación y estudio que tuvo lugar en Molinoviejo (Segovia) del 25 de septiembre al 1 de octubre de 1948. Participaron quince personas, a las que el fundador explicó con hondura qué significa ser supernumerario del Opus Dei.

El objeto de estas páginas es reconstruir el mensaje que el fundador les transmitió en esos días, valiéndonos de los documentos de que disponemos: fundamentalmente el diario redactado en esas jornadas y los recuerdos personales de los asistentes. Nos hemos limitado a las fuentes que se encuentran en el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei (AGP), que incluyen notas, correspondencia y relaciones testimoniales de varios de los protagonistas de este artículo, que fueron redactadas después de 1975, para la causa de canonización de Escrivá. San Josemaría les habló en veintidós ocasiones y aunque no se conserva la transcripción completa de su predicación, hay algunos apuntes de los participantes, especialmente de Amadeo de Fuenmayor y Tomás Alvira, que son contemporáneas y permiten hacerse cargo a grandes líneas de lo que dijo.

Antes de entrar en el tema principal, nos referiremos a los antecedentes inmediatos de esas jornadas, en especial al trabajo del fundador para delinear la figura del supernumerario, desde el punto de vista espiritual y jurídico.

Después pasaremos al desarrollo de la convivencia1 en sí y a la predicación de san Josemaría.

Al final, en un apéndice, incluimos una breve semblanza de los asistentes. Para estos breves apuntes biográficos, hemos utilizado las mencionadas relaciones testimoniales y las notas necrológicas de los miembros fallecidos, que se conservan en AGP, además de datos de dominio público, excluyendo otros archivos públicos o privados, cuyo rastreo excedería el propósito de este artículo.

 

La vocación al Opus Dei como supernumerario: el iter de un fenómeno novedoso

 

Desde 1928, el fundador había hablado a gente de toda condición acerca de la santificación en medio del mundo, pero tuvieron que pasar casi veinte años hasta que pudo plantear un camino vocacional concreto, reconocido por la Iglesia, a personas casadas o con la perspectiva de formar una familia. Esto fue posible gracias a la aprobación pontificia de 19472, a partir de la cual personas casadas podían vincularse de hecho con la Obra, tratando de «vivir el espíritu y apostolado de la Institución, sin incorporarse a ella por un vínculo jurídico»3. Dicha posibilidad representaba un gran paso, porque se reconocía que los casados podían santificarse en su propio estado, según el espíritu del Opus Dei4, pero a san Josemaría no le bastaba: esperaba que en el futuro la Sede Apostólica aprobara que los supernumerarios tuvieran cabida como miembros de pleno derecho, algo que, de momento, no era posible.

Mientras tanto, los primeros supernumerarios –Tomás Alvira Alvira, Víctor García Hoz y Mariano Navarro Rubio– comenzaron a formarse y a vivir según el espíritu del Opus Dei. En una nota circular, fechada el 5 de noviembre de 1947, enviada a los directores de los centros de la Obra que entonces había, se pedían datos de otros posibles candidatos. Sin decir todavía nada a los interesados, se pedía rezar por ellos con la intensidad que el asunto requería, pues «como sabéis –se leía en la nota– se trata de verdadera vocación»5.

En diciembre de 1947, Escrivá estaba trabajando para delinear con detalle la figura de los supernumerarios y su atención espiritual. En este cometido le ayudaba Amadeo de Fuenmayor, que se encontraba en Madrid, colaborando con el Consejo General de la Obra6. En una carta de ese mes escribía, entre otras cosas: ‘¡Esos Supernumerarios! ¡Cuánta esperanza tengo! Amadeo: con todo lo que venís trabajando podríais hacer un anteproyecto de Directorio –que, a la fuerza, ha de ser ahora muy rudimentario– para los Supernumerarios. Y lo mismo planes de formación, al estilo de los que he pedido antes –seis meses, y un año, por lo pronto– para los Numerarios7. Convendría pensar en la preparación del reglamento, a base del aprobado por la Sda. Congregación que está impreso, con el fin de cumplir los requisitos legales civiles cuando yo vuelva. Y convendría también que, preparándote tres o cuatro charlas, fueras a Valencia, Zaragoza, Bilbao, etc. para comenzar los núcleos de allí. Es evidente que, un vez iniciada la labor, no debe dejarse de la mano; y, donde se inicie, debe quedar un Numerario de Director, con un Secretario (ya hablaremos: toma nota) Supernumerario, que lleve el peso material de la Delegación8.’

El cometido de Amadeo de Fuenmayor, como se ve, era delinear la figura del supernumerario y dedicarse a explicarla a los miembros de la Obra que vivían en las diversas ciudades españolas. Aunque hasta ese momento se había trabajado sobre todo con universitarios o gente joven, había ya unos cuantos conocidos que podían reunir condiciones para ser supernumerarios.

Una semana más tarde, respondía enviando un bosquejo de lo que el fundador le pedía. Escrivá le contestó el 18 de diciembre de 1947: ‘Para Amadeo: leí las notas de los Supernumerarios. Me parece que son poco valientes, al señalar las obligaciones: en la próxima semana te devolveré las cuartillas, con alguna indicación concreta: de todas formas, adelanto que no podremos perder de vista que no se trata de la inscripción de unos señores en determinada asociación, sino de la vocación sobrenatural a la vida de perfección y al apostolado. ¡Es mucha gracia de Dios ser Supernumerario!9.’

Detengámonos brevemente en este párrafo. La palabra clave –que el fundador subraya aquí– es “vocación”. Los supernumerarios están llamados «a la vida de perfección» (hoy día diríamos, con terminología más actual, “a la santidad”) y al apostolado, como el resto de los seglares y de los sacerdotes. La precisión de Josemaría Escrivá era necesaria: para la mentalidad de la mayoría de los supernumerarios, que procedían de la Acción Católica o de otras asociaciones piadosas, cabía el peligro de pensar que la incorporación al Opus Dei era equivalente a la inscripción en uno de esos grupos. Y esto, como hemos visto, quería evitarlo el fundador, que recalca: ser del Opus Dei es una «vocación sobrenatural», no «la inscripción de unos señores en determinada asociación».

La teología y la doctrina canónica de aquel tiempo tendían a identificar plenitud de entrega con vida religiosa o realidades equiparadas, reservadas por tanto a personas célibes. Para san Josemaría, en cambio, era claro que en el Opus Dei había «una sola y única vocación»10. Sin entrar en comparaciones, el Opus Dei se presentaba –en este sentido– como una realidad novedosa, aunque no faltaban por esos años iniciativas en la Iglesia que buscaban revitalizar la vida del laicado católico e incluso ofrecer una específica espiritualidad matrimonial. Baste recordar el movimiento de los Cursillos de Cristiandad, que tuvo un impulso definitivo entre los últimos días de agosto de 1948 y principios de 1949; o también el movimiento de los Focolari –fundado por Chiara Lubich y aprobado diocesanamente en 1947– al que en 1948 se incorporó el diputado Igino Giordani, padre de cuatro hijos, primer focolarino casado y considerado cofundador del movimiento; o los Equipes Notre-Dame, que comenzaron a finales de los años treinta por obra del P. Henri Caffarel, y que en 1947 publicaron su Carta, en la que ponían los fundamentos de su espiritualidad conyugal11. Volviendo a tomar el hilo narrativo, el día de Navidad de 1947, san Josemaría escribía de nuevo a Madrid: «5/ Amadeo: volved sobre aquel proyecto –anteproyecto– de los Supernumerarios, apretando en la Obediencia (sin permiso expreso verbal, pero que quede escrito en la ficha personal correspondiente –p.e.–, no se podrá pertenecer a ninguna asociación), etc.»12.

Como vemos, el fundador quería recalcar que la vocación en el Opus Dei pretendía una donación completa y una obediencia real. No explica aquí el porqué de la exigencia que menciona como ejemplo, pero se puede pensar que deseaba evitar la dispersión de fuerzas y tal vez las celotipias, o también la posible confusión de acabar considerando la Obra como una asociación más, a la que dedicar una parte del tiempo junto a otras actividades piadosas, y no como una verdadera llamada de Dios que requería entrega total. Por esa razón, era prudente pedir el permiso que mencionaba Escrivá de Balaguer.

El 1 de enero de 1948 escribía a los tres que, en esos momentos, habían pedido ya la admisión como supernumerarios: ‘Para Tomás, Víctor y Mariano. ¡Que Jesús me guarde a esos hijos! Mis queridos tres: Es imposible que ahora os escriba uno a uno: pero os envío la primera carta, que sale de mi pluma el año 48. Os encomiendo de veras. Sois el germen de miles y miles de hermanos vuestros, que vendrán más pronto de lo que pensamos. ¡Cuánto y qué bien se ha de trabajar por el Reinado de Jesucristo!13.’

De ahí a pocos días, el fundador iba a vislumbrar por fin una solución para el problema que estamos recordando. Ocurrió durante un viaje a Milán, del 11 al 16 de enero, en el que le acompañaban Álvaro del Portillo e Ignacio Sallent. Durante el regreso a Roma, san Josemaría exclamó de repente «¡Caben!»14. Era una especie de ¡eureka! porque había comprendido cómo plantear a la Santa Sede que los supernumerarios “cupieran” en el Opus Dei como miembros de pleno derecho. Nada más volver a Roma escribía a los de Madrid: «Trabajo todo lo de Supernumerarios: habrá hermosas y grandes sorpresas. ¡Qué bueno es el Señor! Esos tres, Amadeo, que encomienden, a la Ssma Virgen, mi trabajo. Les prometo una gran alegría»15.

¿En qué consistía la solución que le había hecho exclamar “¡caben!”? Se trataba de explicar que los supernumerarios ‘se dedican parcialmente al servicio del Instituto, y emplean como medios de santificación y apostolado sus propias ocupaciones familiares y su profesión o trabajos; […] viven el mismo espíritu y, según sus posibilidades, las mismas costumbres que los socios Numerarios; aunque solamente podrán encomendárseles aquellas tareas que sean compatibles con las obligaciones en su propia familia natural y en la sociedad civil16.’

En otras palabras, la diferencia respecto a los numerarios estribaba en la dedicación a las tareas internas del Opus Dei y en que el campo de santificación ordinaria de los supernumerarios incluía las «propias ocupaciones familiares», además de las profesionales o sociales, comunes a las de los numerarios. En otras palabras, se presentaba a personas con el mismo espíritu y la misma vocación, que simplemente dedicaban distinto tiempo «al servicio del Instituto»17.

No era una mera explicación ingeniosa, para pasar un trámite de aprobación. En nuestra opinión, el mismo fundador había recibido una nueva luz sobre un punto esencial del propio carisma: la unidad de vocación. Su gozo era muy grande ante este hallazgo, como escribía a los de Madrid el 29 de enero de 1948: «Ya lo veréis, cuando os hable a mi vuelta. Sólo os anticipo que se abre, para la Obra, un panorama apostólico inmenso, tal como vi en 1928; y todo dentro de las reglas canónicas más estrictas, cosa que hasta aquí parecía imposible. ¡Qué alegría poder hacerlo todo, en servicio de la Iglesia y de las almas!»18.

Enseguida se puso a preparar un estatuto que habría de añadirse a las Constituciones de 1947, para presentarlo a la Santa Sede «a fin de que pudieran incorporarse al Instituto con vínculo jurídico, además de los Numerarios, otros miembros solteros o casados, de cualquier condición y profesión. En la carta de petición, Mons. Escrivá subraya que se trata de acoger algo ya previsto desde el inicio de la Obra: “iam a prima ipsius Instituti delineatione”»19. El 2 de febrero estaba entregada la solicitud y mes y medio más tarde, el 18 de marzo de 1948, la Sagrada Congregación, con firma del secretario Mons. Luca Pasetto, y rúbrica del subsecretario Arcadio Larraona, aprobó el estatuto presentado20.

Mientras tanto, san Josemaría había continuado trabajando. El 4 de febrero escribía a Madrid: «Voy a aprovechar estos días de Roma para trabajar todo lo referente a Supernumerarios: ¡qué ancho y qué hondo es el cauce que se presenta!… Hace falta que seamos santos, que formemos −cada día mejor− intelectualmente a los nuestros,… y que tengamos bastantes Sacerdotes»21.

En los siguientes meses, el fundador dio otros pasos. Dispuso que durante el verano se explicara a los miembros numerarios todo lo relativo a los supernumerarios y cooperadores y fijó también para el verano el comienzo formal de esa nueva fase22: «Prepararemos durante el verano la labor con los Supernumerarios, y es seguro que se va a lograr todo lo que el Señor quiere de esa gente, ¡de esos hijos! Laus Deo»23.

Entre otros preparativos se organizó una convivencia a la que se invitó a diversas personas conocidas, a quienes se quería plantear la posibilidad de ser supernumerarios, y a los seis que hasta ese momento habían respondido afirmativamente24.

 

Los asistentes a la primera actividad para supernumerarios

 

La procedencia geográfica de las quince personas que en total participaron en las jornadas de Molinoviejo era bastante variada. Entre los que residían en Madrid, había cuatro cántabros (Manuel Pérez Sánchez, Manuel Sainz de los Terreros, Ángel Santos Ruiz y Pedro Zarandona Antón); tres aragoneses (Tomás Alvira Alvira, Rafael Galbe Pueyo y Mariano Navarro Rubio); un gallego (Jesús Fontán Lobé); un castellano (Víctor García Hoz); un andaluz (Hermenegildo Altozano Moraleda) y un mallorquín (Juan Caldés Lizana). Desde Valencia vinieron otros tres (Antonio Ivars Moreno, Carlos Verdú Moscardó y Silverio Palafox Marqués), y uno de Bilbao (Emiliano Amann Puente). Sus profesiones eran también distintas: había dos oficiales de Marina y otros dos de la carrera jurídico-militar; tres abogados y un juez; dos ingenieros de caminos, un pedagogo, un médico, un farmacéutico, un químico y un arquitecto. Se puede decir, viendo su trayectoria posterior, que fueron profesionales destacados en su campo y que dejaron huella como cristianos entre sus familiares y amigos. Una parte de ellos dedicó sus esfuerzos a poner en marcha obras sociales de promoción humana. Como hemos dicho, en el apéndice incluimos una reseña biográfica de cada uno.

La mayoría había pertenecido a la Acción Católica o a asociaciones piadosas antes de conocer el Opus Dei –como ocurría con tantos jóvenes católicos–, incluso ocupando cargos de dirección. Cinco habían tratado a san Josemaría antes de la Guerra Civil y habían frecuentado las actividades de la Academia-Residencia DYA. Entre ellos, había dos que habían vivido algunos años como numerarios y que, con las difíciles circunstancias de la guerra, habían perdido el contacto. De los tres restantes, dos habían frecuentado Ferraz –uno de ellos como residente–, y un tercero, Tomás Alvira, había conocido a san Josemaría en Madrid, durante la guerra.

Otros tres jóvenes profesionales habían entrado en contacto con la Obra durante los viajes apostólicos de la posguerra por varias ciudades, e incluso habían llegado a pedir ser admitidos como numerarios, para darse cuenta enseguida de que ese no era su camino. Animados por el fundador, esperaron algunos años a que fuera posible un nuevo modo de vivir la misma vocación al Opus Dei. Había también un grupo de conocidos después de la guerra que tenían dirección espiritual con san Josemaría. Varios estaban ya casados o el fundador les había ayudado a discernir su vocación matrimonial. De todos los asistentes sólo tres no le conocían todavía personalmente.

Amadeo de Fuenmayor estaba presente y utilizaremos a menudo sus notas, escritas en forma de diario25. Presentando a los asistentes, en las páginas de ese diario, escribía: «Han acudido todos los que habían anunciado su asistencia. Son hombres ya hechos, en su mayor parte casados, y alguno de 50 años cumplidos. Varios de ellos han formalizado ya su admisión como supernumerarios, y todos conocen y aman la Obra, por haber tratado desde antiguo al Padre [J. Escrivá], asistido a círculos de estudios de S. Rafael, etc.»26.

Años más tarde, De Fuenmayor rememoraba en otros recuerdos ‘con cuánto detalle lo dispuso todo el Padre para que la Convivencia diera su fruto: desde las cosas más pequeñas de orden material hasta una porción de indicaciones prácticas que el Padre nos dio a los que le acompañamos en aquellos días acerca de cómo había que explicar los temas ascéticos, por lo demás sencillos, pues el Padre se había reservado los más importantes y delicados para tratarlos él personalmente’27.

Junto a Amadeo de Fuenmayor se encontraban otros dos numerarios: Odón Moles e Ignacio Orbegozo. También estuvieron presentes, al menos parcialmente, varios de los mayores de la Obra: los sacerdotes Álvaro del Portillo, Pedro Casciaro, que impartió alguna plática, y José Luis Múzquiz.

El fundador recibió a los asistentes y les hizo de anfitrión por la casa, que se encontraba todavía en fase de instalación. Algunos de los cuartos tenían literas y no había sábanas ni mantas, por lo que cada uno las llevó consigo.

 

El desarrollo de la convivencia. La predicación de san Josemaría

 

En el horario estaban previstas una meditación y una plática por la mañana, un rato de tertulia después del almuerzo, un tiempo dedicado al “catecismo” de la Obra, es decir al conocimiento del Derecho particular y del espíritu del Opus Dei, y un rato de oración por la tarde. Después de la merienda, había otra sesión del “catecismo”, se rezaba el Santo Rosario y se hacía un rato de lectura espiritual. Tras la cena y la tertulia, el día acababa con un breve comentario del Evangelio del día y el examen de conciencia.

El día de llegada, por la noche, san Josemaría dirigió una plática preparatoria en el oratorio. De Fuenmayor anotó algunas ideas en el diario: ‘Les dice al terminar que en los días sucesivos no les hablará al corazón, como hoy, sino fríamente, porque son hombres de fe, y deben considerar racionalmente las últimas consecuencias de las verdades que les proponga. El Padre [J. Escrivá] les ha dicho: 1) Que han venido aquí por razones divinas, ya que resulta ilógico abandonar tantas cosas de carácter profesional, familiar, etc.; 2) Son elegidos también por el Señor los que se entregan a Él en el mundo, en su profesión y familia; es “vocación divina”, como dice el Papa; 3) Han venido a estos días a tratar a Dios para amarle; 4) Un Camino: la Santísima Virgen, Nuestra Señora’28.

Los asistentes se mantuvieron en silencio sólo durante el primer día, que transcurrió en régimen de retiro; el resto de los días fueron de convivencia, es decir, alternando los medios de formación cristiana con ratos de esparcimiento, deporte, tertulia, etc.

 

Domingo, 26 de septiembre de 1948

 

Al día siguiente de la llegada, san Josemaría trató en su predicación el tema de la vocación. Dijo a sus oyentes que «nuestra misión en la tierra es dilatar el reino de Dios; somos elegidos desde la eternidad para este fin»29. Alvira añade estas palabras: «Dios me ha llamado desde la eternidad»30. La conciencia de esa vocación –subrayó también Escrivá– no debía fomentar la soberbia porque «el Señor ha puesto sus ojos en sus siervos más miserables»31.

«¡Qué gratitud por este llamamiento! –apunta Alvira–. Tantas almas buenas y limpias y, sin embargo, me llama a mí que soy trapo sucio»32.

El fundador pasó a tratar de otra cuestión, muy relacionada con las reflexiones que estaba haciendo: la filiación divina. «Siempre, consideración muy especial de que somos hijos de Dios. Como niños, hemos de tratarle y amarle y volver a Él después de las caídas, y contar siempre con su amor paternal, su comprensión. El “Abba Pater” de Jesús equivale a la voz de los pequeñuelos que llaman a su padre; así también nosotros hacia Él con esa seguridad de que nos ama extraordinariamente»33.

«Hay que tratar a Dios como Padre –añade Alvira–, con la misma naturalidad, con la misma franqueza con que el niño trata a su padre»34.

Por las notas del diario, sabemos que Escrivá completó el horizonte que deseaba mostrar a sus oyentes hablando de la santidad en medio del mundo: «Tratar a Dios y conocerle, despreciando todo lo demás. Honores y riquezas, simples medios. Para ser feliz aquí en la tierra y allá en el cielo, una solución: ser santo; y cuanto más santo, más feliz»35.

La segunda meditación del día trató del tema de la muerte: «Dice que va a hacer en voz alta su oración», anotó Fuenmayor. La predicación del fundador fue directa, sin rodeos: «¿cómo se presentaría mi alma al Señor si ahora muriera? ¿Y qué haría con las cosas que hoy me preocupan si supiera que iba a morir enseguida?»36. Alvira anotó, entre otras cosas, lo siguiente: ‘Todos hemos de morir. […] Un viejo Obispo le decía al Padre [J. Escrivá] que él todos los meses hacía una meditación considerándose cadáver, que le daban la Extremaunción, que se le iban quedando fríos los miembros… Y entonces pensaba en sus inquietudes, en sus trabajos, en las personas que no le querían, etc. Un joven obrero sin fe consiguió al fin la gracia divina. Enfermó y murió poco después. El Padre, refiriéndose a él, decía: te envidio, hijo mío. […] Pero nuestra alma está en presencia de Dios sin más que nuestras buenas obras, nuestros sacrificios, nuestras buenas intenciones…’37.

Ese día san Josemaría tuvo dos sesiones dedicadas a explicar aspectos del espíritu del Opus Dei, como las normas y costumbres, varias virtudes humanas… De Fuenmayor escribió que fueron charlas muy amenas porque fue «intercalando numerosas anécdotas y referencias a muchos puntos del espíritu de la Obra, para que lleguen a conocerla perfectamente»38.

La jornada terminó con una meditación de san Josemaría sobre la fe, en la que fue comentando pasajes de la Sagrada Escritura: ‘Habló el Padre de que debemos ser hombres de fe. Ejemplos evangélicos: 1) El ciego que, cuando sabe que pasa Jesús de Nazaret, lo tira todo y va en su busca. Así nosotros: hay que romper con energía, no cadenas –que afortunadamente no existen– pero sí muchos hilos de seda que atan e impiden entregarse al Señor, pidiéndole, como el ciego, «ut videam»39, para que veamos esos hilos40. 2) El hombre con la mano yerta. También se acerca a Jesús a pedirle que le ponga bueno. Y Cristo le pide a su vez que ponga la mano en movimiento: nuestra cooperación, nuestra acción. Y la mano cobra vida a la palabra del Señor: restituta41. 3) La mujer encorvada: sólo podía mirar el fango y el estiércol. Así tantos en la tierra. Pero a la sola presencia del Señor, se endereza y ya puede ver el cielo del sol y de los luceros42. También nosotros hemos de mirar hacia arriba. 4) La higuera maldita. El Señor, tan humano, tenía sed43, y la higuera aparecía preciosa, con hojas verdes, chupando en la tierra, pero sin fruto; y aunque «non erat tempus ficorum»44, el Señor la maldice, y, al instante, se seca45, porque en todo momento es necesario dar frutos. 5) La fe de los apóstoles en los ángeles custodios. San Pedro es librado de fuertes cadenas, y cuando la criada entra a decir a los Apóstoles, que estaban reunidos, que Pedro está a la puerta, ellos dicen «será su Ángel»46. En la fiesta de los Santos Ángeles Custodios se funda la Obra. Ellos han sido los “cómplices” de todo cuanto se ha hecho’47.

 

 Lunes, 27 de septiembre de 1948

 

Al día siguiente el fundador predicó una meditación sobre el reinado de Cristo. Utilizando el símil de las banderas, quizá inspirado en el tradicional tema ignaciano, se refirió a las diferentes actitudes que se perciben en el mundo ante el amoroso dominio de Cristo: ‘El Padre, en la oración de la mañana comenta la frase de Jesús: «El que no está conmigo está contra mí». Hay dos frentes claramente delimitados. La visión de una batalla con tres ejércitos: el de las banderas rojas y negras48, enemigos de Cristo, que siguen gritando el «Crucifige eum»49, que asolan Europa (Alemania, Austria, Hungría, Polonia); el de los católicos que no lo son de verdad, y que llevan banderas grises; y el de los verdaderos cristianos, con bandera blanca y por estandarte la Cruz, que quieren hacer realidad para remediar la situación a que alude el Salmo nº 2, el «volumus regnare Christum». Abruma hoy contemplar el mapa mundi; la redención existe hoy50; es horrorosa la invasión de los bárbaros que se avecina51: mujeres, almas puras de los niños, la hacienda, todo será hollado brutalmente, si los católicos no saben ser corredentores con Cristo en su tarea profesional, en los cargos oficiales y en el seno de la familia’52.

La descripción de ese panorama sirvió a Escrivá de Balaguer para espolear la responsabilidad de sus oyentes, recordándoles que estaban llamados a tratar de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, más aún, a ser corredentores con Él en medio de las tareas profesionales, sociales, familiares, etc. Les hacía llegar el eco de la experiencia fundacional del 7 de agosto de 1931: «Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»53.

Las notas que Alvira recogió en esta meditación son más explícitas acerca de las consecuencias del absentismo de los católicos en la vida pública: «La Redención no ha terminado. El hombre tiene una libertad de acción. Hay que actuar. Ir a los puestos más elevados, a los directivos, si no queremos que ocurra lo que ocurre ya en otros países: con las mujeres, con los niños, con los Religiosos, con los bienes». Y añade una anécdota que refirió el predicador:

«Sacerdote viejo y sacerdote joven, se encuentran, y el viejo pregunta: ¿qué vida haces? Contesta el joven: me levanto tarde, me acuesto pronto, trabajo poco… ¡Criminal!, le dice el viejo. Eso serás tú si te aburguesas, si no trabajas, si no vas a los puestos de responsabilidad por temor, por miedo a fatigarse, por lo que sea…»54.

La segunda meditación fue sobre la vida oculta del Señor. El predicador comenzó considerando cómo vino Jesús al mundo: «Sin alardes, ni bulla ni estrépito». Después, se refirió a los «treinta años de vida oculta; y sólo tres de vida pública. La Obra tiene como modelo los 30 años de vida oculta […]. Vida contemplativa, porque Dios está en nuestro corazón»55. Las notas recogidas por Alvira añaden algún detalle: «¿Vida activa o contemplativa? La nuestra contemplativa. Nuestra celda es el mundo entero. Cristo en el centro de nuestra alma. A la conquista del mundo para Cristo. […] Nuestra vida es muy dura, de sacrificio y de adoración constante»56.

Esa tarde san Josemaría siguió hablando de ser instrumentos del Señor, quien necesita todo tipo de herramientas: «Fuera, por tanto, falsas humildades (yo no sirvo, yo no puedo, etc.)», se lee en el diario; «Para una operación quirúrgica, finos bisturís; para allanar el camino, una apisonadora» añadió, para explicar la utilidad de cada cosa; y concluyó: «Fuera la cobardía. El ejemplo del Señor buscando a los apóstoles: los 12 primeros; en su profesión, que algunos continúan, incluso, luego»57. «Jesús te llama en el sitio que ocupas, en la labor que realizas», se lee en los apuntes de Alvira.

Todavía intervino Escrivá una vez más ese día, en otra sesión dedicada a comentar algunos puntos del Decretum laudis de 1947, donde expuso con detalle varios aspectos del espíritu del Opus Dei. Habían pasado dos días enteros y De Fuenmayor anota: «La alegría de todos y cada uno es inmensa, increíble» y cita el comentario de uno de los asistentes, Pedro Zarandona: «No había oído nunca al Padre y salgo emocionado después de cada plática. Y lo mismo me sucede al oír su Misa»58. El cronista quería dejar constancia de que no se dejaba llevar del entusiasmo: «Todo esto que escribo no tiene la menor exageración. Parece increíble pero es así. El Señor nos está mimando a todos con su gracia. Y lo de esta semana es un ejemplo más de su Amor por la Obra, y de su evidente ayuda en todos sus trabajos»59.

 

Martes, 28 de septiembre de 1948

 

El martes 28, san Josemaría predicó tres meditaciones. En la primera, comentó la escena del lavado de los pies a los Apóstoles, durante la Última cena: «Jesús intenta lavar los pies a Pedro, pero éste se niega con falsa humil- dad. Mas después, cuando el Señor le dice que no tendrá parte con Él, reacciona con su fogosidad característica: no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Así nuestra entrega: total; ciertamente que estamos cargados de miserias, pero el Señor con su gracia ayudará poderosamente»60.

Y continuó comentando los pasajes de la Pasión de Cristo: «Jesús, de tribunal en tribunal, silencioso. Frente a esto, tantas lenguas sucias –incluso de católicos oficiales– tanta murmuración. El terrible momento de la coro- nación de espinas. Él se encorva. Son mis miserias las que se clavan. Nuestra poca caridad. Finalmente, en la Cruz, solo, clavado como un bicho. Por sus sentidos exteriores e interiores recibiendo dolor. Vayamos en su busca para descenderlo y clavarnos nosotros en la Cruz»61.

La segunda meditación fue sobre oración mental. El fundador se refirió a los temas que podían tratarse en cada conversación personal con Dios y proporcionó algunos consejos prácticos para hacerla bien: «Preocupaciones, alegrías, deseos, esperanzas, todo, tratarlo con Dios. 15 minutos, y si es posible, 30. Antes dejar la comunión, que la oración. En un lugar recogido: puede ser la iglesia, o en casa muchas veces mejor. Fórmula lógica y divina para empezar: Señor mío y Dios mío (Santo Tomás, al meter su mano en la llaga del Señor), creo firmemente que estás aquí, etc.»62.

Prosiguió enseñando cuáles han de ser las condiciones de la oración: «En primer lugar, la oración ha de ser humilde: entre el publicano y el fariseo, nosotros debemos ser como aquél63. En segundo término, sencilla, con la sencillez de los niños, en que tantas lecciones de oración pueden aprenderse. Perseverante: Sta. Teresita se valía de jaculatorias cuando no podía hacerla de otro modo. Seamos hombres de oración, de vida interior»64.

Las anotaciones de Alvira en este punto reflejan mejor el colorido de la predicación de Escrivá: ‘Sencillez en la oración. Niño que decía: Viva Jesús, viva María y viva mi tía. Niño que llama a la puerta de su padre con la mano, con el pie, con todo el cuerpo. Y el padre sale con intención de reñirle, pero al verlo, lo abraza. Así nosotros en la oración a Jesús. Invoquemos a María, a José, a nuestro Ángel, para que nos ayuden. No debemos dejar ningún día la oración. Un Jefe del Estado tiene su guardia y unos consideran hacerla un honor, y otros se la pasan pensando en la novia. Nosotros hemos de considerar un honor ese rato de guardia, de oración y estar el tiempo exacto, aunque en la media hora hayamos mirado cuarenta y dos veces el reloj. Si hemos tenido voluntad de hacer oración, habremos ganado mucho65.’

La última meditación de ese día fue sobre la mortificación. Como era su costumbre, san Josemaría glosó varios textos bíblicos: «Si el grano de trigo cae en la tierra, y no muere, queda infecundo; si muere, da mucho fruto66. Así, nosotros necesitamos de la mortificación para ser fecundos»67.

Continuó hablando de los vencimientos que son necesarios para la santidad: «Pequeñas mortificaciones. Oración de la carne, de los sentidos. Si un ángel viniera a decirnos que sin mortificación podíamos ser perfectos, no sería ángel de luz sino de tinieblas»68. Pasó a referirse a san Pablo, que contaba sus dificultades para superar la debilidad del cuerpo69, y utilizaba el símil del deporte, para explicar el esfuerzo que ha de ponerse en la vida cristiana: ‘Los deportistas haciendo tantas cosas para ganar un premio. ¿Y nosotros? Correr [sic] de manera que ganéis el trofeo, dice el mismo San Pablo: muchos son los que participan y uno solo el que se lleva el premio70. La mortificación, medio para hacer muy felices a los que nos rodean (nuestra gran obligación). La Virgen sabe mucho de mortificación: procuremos quitarle alguna de las espadas que atraviesan su corazón para clavarla un poco en el nuestro71.’

Ese día el fundador continuó explicando el Derecho particular del Opus Dei, deteniéndose en «las obligaciones y privilegios de los supernumerarios; la naturaleza y alcance de su vínculo con la Obra»72.

 

 Miércoles, 29 de septiembre de 1948

 

El miércoles 29 san Josemaría siguió tratando temas de la vida cristiana que eran habituales en su predicación: caridad, medios para alcanzar la santidad, cosas pequeñas y dirección espiritual. En la primera meditación, comentó el Mandatum novum, explicando que las obras de caridad han de hacerse sin llamar la atención y sin buscar un reconocimiento humano: «El precepto sigue tan nuevo como cuando lo declaró el Señor, porque nadie lo usa. Caridad cristiana, tan olvidada por los católicos oficiales. Frente a las limosnas con espectáculo (fundaciones con el afán de perpetuar la memoria del fundador), la obra buena de la que nadie se entera»73.

Prosiguió después tratando de un modo concreto de ejercitar la cari- dad: practicar la fraternidad entre quienes forman parte del Opus Dei. Pedía que esa manifestación de amor «sea verdadero cariño; amor de hermano, que le alaba a sus espaldas, y que le corrige cara a cara cuando es necesario. El ejemplo vivo de Cristo, que llora a su amigo Lázaro; que, compadecido, resucita al hijo de la viuda. Caridad sin hipocresía: con sacrificio y amor»74. Las notas de Alvira, que se van haciendo más breves a medida que pasan los días, añaden: «Jesús no dijo que se conocerían sus discípulos porque fueron puros, ni humildes, sino porque se amarían los unos a los otros. Cuidado con la lengua. Personas que comulgan todos los días, pero luego se meten con la honra de otros»75.

En el diario se lee que la segunda meditación de ese día trató de los medios que deben emplearse para alcanzar cualquier fin y concretamente el de la santidad: ‘Ante la meta, los hombres –según su posición– forman tres grupos: aquellos insensatos que desprecian todo medio (ejemplo del que quiere bajar desde la azotea de la Telefónica76  sin ascensor ni escalera); otros que so- lamente aceptan aquellos medios que les vienen a la medida de su gusto, que son gratos a su voluntad; y, finalmente, los que, por sentirse enfermos, no rechazan ninguna medicina. Esta última postura es, además, una con- secuencia lógica de la entrega: si hemos de servir con fidelidad, hemos de tomar los únicos medios adecuados: oración, mortificación y trabajo. Lo contrario es una cobardía, que nos pesaría toda la vida. Que la Virgen –a quien debemos pedirlo– nos endulce y haga agradables estos medios. Un propósito general, amplio: Amor. Y, además, unos propósitos concretos, diarios77.’

Por la tarde, el fundador trató de la importancia de las cosas pequeñas, concretamente en lo que se refiere al cuidado del plan de vida espiritual, es decir, esas prácticas de piedad que jalonan la jornada del miembro del Opus Dei: ‘Cumplimiento del plan de vida: fidelidad en los detalles. Ante la pobre viuda que deposita en el cepillo las monedas de cobre, dice el Señor: Os aseguro que esta viuda ha dado más que nadie. Perseverancia, con humildad, entregándonos a nuestra madre como niños para que ella nos suba, nos lleve. Que en este cumplimiento al detalle de nuestras obligaciones, está la misma santidad; porque los santos son de carne y hueso, no de cartón. El ejemplo de Isidoro [Zorzano]78: se santificó con el trabajo ordinario, con humildad extraordinaria79.’

En la última meditación de ese día, se detuvo en «la confidencia semanal, y en la dirección que la Obra proporciona a sus socios por medio del Director y de sus Sacerdotes»80, es decir en todo lo que se requiere para aprovechar con fruto el acompañamiento espiritual del que se benefician los fie- les del Opus Dei para avanzar en el camino de la santidad.

 

Jueves, 30 de septiembre de 1948

 

Las últimas meditaciones de san Josemaría tuvieron lugar el jueves 30 de septiembre81. En la primera, el fundador comentó la parábola de la buena semilla y la cizaña: «El buen sembrador, que siembra trigo; y llegan los enemigos y, cobardemente, siembran cizaña. Así en la tierra, entre nosotros: ¡cuántos, cobardemente –porque después huyen– siembran la cizaña! Todo porque no vigilaron el campo aquellos a quienes lo encomendó el Señor: no seamos “homines dormientes”»82.

Explicó que esa vigilancia se debía aplicar también a la vida personal, para detectar las tentaciones sutiles del demonio: «No nos vendrá groseramente con un pedazo de carne cruda, sino guisada, sazonada, y en cosas pequeñas: aquí hay que hacerse fuertes. Los medios son los ya conocidos: oración, mortificación y trabajo. No tener miedo a la penitencia; materia en la que debe consultarse al Director»83. Tomando pie de esta parábola, se extendió también hablando del influjo cristiano que los miembros del Opus Dei debían procurar dar en el medio en el que viven y trabajan. Explicó algunas características que había de tener el apostolado personal en el ambiente profesional: «En el trabajo: prestigio; alzar la cabeza sobre los demás compañeros con humildad; y darles criterio, sin ser “predicador” (no somos dominicos). Y con todo ello, adquirir un sentido nuevo de todas las cosas, que nos llene de paz y de alegría, de contento (alegría con contenido)»84.

Por la tarde de ese último día, hizo algunas reflexiones sobre la historia del Opus Dei y concretamente sobre las persecuciones que había sufrido, algunas de ellas en ambientes eclesiásticos. Ahora, tras su aprobación como instituto de derecho pontificio, la Iglesia la había bendecido y puesto como ejemplo. Así, concluía, sucede también en la vida de las personas: «enfermedades, muertes, contrariedades, apuros económicos, deslealtades profesionales, tormentas… y después el sol»85. Hizo referencia a la pesca milagrosa de Jesús y, en relación con la vocación al Opus Dei, señaló: ‘Y no se piense que esta entrega puede dañar lo más mínimo la vida de familia o los intereses económicos familiares: cuando Pedro se afanaba en la pesca, sin éxito, Jesús le indica el lugar adecuado, y, entonces, saca multitud de peces sin que se rompa la red. Aunque en el mundo aumente nuestro trabajo, la red (hogar, profesión, etc.) no se romperá86.’

Acababan aquellas jornadas y la última meditación de san Josemaría estaba reservada a tratar el tema de la perseverancia. Quiso predicarla a última hora de la tarde, para que al día siguiente todos pudieran salir de viaje temprano. Les dijo, entre otras cosas: ‘Muchos comienzan, pero llegan pocos hasta la cumbre. En nuestro caso son pocos los que comienzan, pero seguramente muchos terminarán. La gracia de Dios no nos ha de faltar. En los Hechos de los Apóstoles se lee que los primitivos cristianos eran perseverantes por la fe, el pan y la palabra87. Tozudez: en este punto seamos tercos, y si una puerta se cierra, otra se abrirá. Que seamos desde ahora hijos de la madre buena y guapa que es la Obra, “cor unum et anima una”88.’

 

Las jornadas de Molinoviejo, vistas por los  asistentes

 

Ya hemos recogido las impresiones de Amadeo de Fuenmayor, el cronista de esos días, acerca de la satisfacción que reinaba entre los asistentes, a medida que el fundador desplegaba ante sus ojos el panorama de una entrega a Dios como supernumerarios. Veamos ahora algunas impresiones sobre diversos aspectos de aquella convivencia, que quedaría grabada en la memoria de muchos de ellos.

 

 El clima de familia y la predicación de san Josemaría

 

Uno de los desafíos formativos de esta nueva etapa en la historia del Opus Dei era transmitir a los supernumerarios el espíritu de filiación y de fraternidad que son característicos de la Obra, y que el fundador consideraba esenciales. Hasta ese momento, habían existido sólo miembros numerarios, entre los que esos aspectos estaban asumidos, en mayor o menor medida. Estaba por ver cómo incorporarían tales rasgos espirituales personas que tendrían menos ocasiones de tratarse entre sí y que podrían ver con menor frecuencia al fundador.

Se entiende, por tanto, la satisfacción que se trasluce en una anotación de Fuenmayor: «No quiero dejar de consignar el hecho de que los tres que han conocido en esta semana al Padre –Hermenegildo [Altozano], Juan C. [Caldés], y Pedro [Zarandona]– han comentado espontáneamente y por separado el gran cariño que sienten ya hacia él. Es estupendo ver cómo vibran todos animados de este espíritu de filiación»89. Y en otro lugar anota: «Es formidable ver cómo los que hace tres días no se habían visto nunca, se tratan ya más como viejos amigos, como verdaderos hermanos, que se quieren entrañablemente. Ellos mismos lo notan y lo comentan llenos de admiración»90.

Ese clima se debía en buena parte a la presencia y al ejemplo del fundador. A este propósito, Alvira recordaba años después: ‘El Padre atendía a todos, nos animaba, ponía ese sello de buen humor que tan habitual le era. En todos caló profundamente lo que el Padre nos dijo y se creó un clima de gran amistad. Por eso, ahora, después de los años transcurridos, continúa esa auténtica amistad que nos hace recordar, cuando nos vemos, aquellos días pasados junto al Padre recibiendo doctrina y viendo nuevas rutas para nuestra vida espiritual que tanto bien nos hicieron91.’

«Siempre con una alegría desbordante –le recordaba Juan Caldés–; […] tenía en la boca la risa fácil y a veces, la carcajada cordial»92. En los ratos libres se jugaba a fútbol o se iba a la piscina, se cantaba o se escuchaba música y en las tertulias tras el almuerzo o la cena se narraban recuerdos e historias de cada uno. «Hablábamos todos como una familia cuyos miembros se aman entrañablemente –rememoraba Ivars–. La mayoría me eran desconocidos hasta entonces; sin embargo me parecía haber vivido siempre con ellos. La tertulia era una verdadera fiesta»93.

Juan Caldés recordaba así la imagen del fundador: ‘Desde el mismo momento en que nos recibió (en la sala de estar que está antes del oratorio) con unas frases amables (“esta es vuestra casa; bienvenidos a ella; es pobre pero está hecha con cariño”), me sentí fuertemente atraído por un algo especial; después, a lo largo del curso, se fue concretando esa atracción porque, en cada Misa, en cada meditación, con él se sentía la gracia de Dios que parecía desprenderse de su presencia y que se derramaba en sus palabras94.’

No fue una impresión aislada. Otros asistentes recordaban, después de los años, la predicación de san Josemaría: «El tema habitual era comentar un pasaje del Evangelio –anota Antonio Ivars–. No era posible sufrir la menor distracción. Parecía dirigirse a cada uno. Hablaba en singular. No solía decir “vosotros” sino “tú” o “tú y yo”»95.

 

 El horizonte de la vocación

 

San Josemaría contaba con la experiencia de las semanas de formación que ya se hacían con los miembros numerarios desde hacía años96. Pero esta convivencia requería no pocas adaptaciones y una comprensión previa de las características de un supernumerario que nadie como el fundador podía tener. A juzgar por los testimonios de los presentes, el mensaje llegó alto y claro. Ángel Santos, por ejemplo, guardó en la memoria las ideas que sacó de aquellos días. Al leerlas hoy, se nos muestran como un buen resumen de los rasgos esenciales de un supernumerario: ‘Santificar nuestro trabajo ordinario, buscando así la plenitud de la vida cristiana; santificar al mundo desde dentro con los medios de nuestra vida interior y del cumplimiento de nuestros deberes corrientes de cristianos; ser contemplativos, con naturalidad, en medio de nuestros afanes cotidianos; hacer un apostolado de confidencia que abarque nuestra existencia y eleve la amistad hasta las cimas de la caridad; ser sembradores de paz y convertir nuestras casas en hogares luminosos y alegres. Y todo con estricta responsabilidad individual –sin aspiraciones representativas, sin tendencias clericales– característica de un laicado maduro. Ajenos a una vocación religiosa pero al servicio de la Iglesia. Para ello contaríamos, desde entonces, con una adecuada formación doctrinal, dirección espiritual, calor fraterno y empuje para iniciativas personales97.’

Para algunos, ese planteamiento representó una novedad. Todos cono- cían las ideas del fundador desde hacía más o menos tiempo, aunque no le hubieran tratado personalmente, pero quizá ninguno había tenido hasta ese momento una visión tan completa y acabada de lo que comportaba la vida de un supernumerario.

Como  hemos  dicho,  los  asistentes  tenían  la  experiencia  de  una  fe vivida y practicada intensamente desde hacía años y varios habían participado activamente en el apostolado seglar. Sin embargo, es significativo lo que escribía Mariano Navarro Rubio, refiriéndose especialmente a aquellos días en Molinoviejo: ‘Sobre mi mentalidad al uso, forjada desde muy joven en la Acción Católica, cayeron unas ideas que me parecieron novedades agresivas, para el modo de entender la religión que yo entonces tenía. El Padre hablaba constantemente de santificar el trabajo ordinario con una insistencia que señalaba, sin duda, un punto clave; del apostolado “ad fidem” –de amistad con protestantes y judíos– que resultaba entonces un tanto extraño; de la ascética sonriente junto con esa otra idea maravillosa de la vida contemplativa en medio del mundo. Todo esto sonaba a renacimiento religioso, a gloria viviente. De un golpe se veía todo lo mismo que antes, pero con distinto color. Surgía una visión a la vez optimista y exigente, que hablaba de vocación de santidad a los seglares, cuando en todas partes se nos consideraba como una especie de católicos de segundo orden. La vida matrimonial, sobre todo, aparecía con una riqueza religiosa para mí y creo que para todos, desconocida hasta entonces98.’

 

 El sí a la vocación

 

Les quedó claro, según los testimonios que poseemos, que el Opus Dei no era una asociación circunstancial. Era algo distinto, que comprendieron bien al recibir las explicaciones del fundador. Antonio Ivars escribía: ‘La Obra era muy joven y se estaba extendiendo con rapidez. […] Un repostero recordaba que “las aguas pasarán” y en una fuentecilla situada en uno de los corredores se leía «inter medium montium pertransibunt aquae»99. La Obra quería ser una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad. Todo el quid estaba en el “unum neccesarium”: la santidad personal, haciendo cada uno lo suyo, en su sitio, a la perfección, por la gloria de Dios, con olvido de sí, y sin ruido100.’

Juan Caldés escribió, trascribiendo palabras de Escrivá de Balaguer: «“Veréis cosas maravillosas”. Pero siempre, siempre, como un “regalo de Dios”, como una prueba de amor de la Providencia»101. «A través de sus comentarios –anotaba Carlos Verdú– nos hablaba con tanta fe de cosas, acontecimientos y desarrollo futuro de la Obra […], el Padre las aseguraba de tal forma, que daba la impresión de que las veía ya hechas realidad»102.

Aquella semana –añade Ivars– fue decisiva para todos. Todo estaba claro y todo era sencillo. Era además lógico y sensato. Seguiríamos siendo los mismos, haciendo las mismas cosas, pero apuntando siempre hacia una meta: la santidad personal. […] Oímos esta luminosa frase: «Viviréis una hermosa novela de aventuras y de amor». Y al cabo de los años, muchos años, hemos ido comprobando que esto ha sido cierto103.

Durante los dos últimos días –recuerda Ángel Santos– «el Padre paseó individualmente con cada uno de nosotros, a la orilla del arroyuelo de la finca. Mi conversación fue, eminentemente, de gracias por el maravilloso regalo que me hacía, al poder pertenecer a la Obra y dedicar mi vida a Dios, dentro de mi estado civil de ciudadano y de cristiano corriente»104.

Manuel Pérez Sánchez también recuerda aquella conversación en la que san Josemaría le dijo, entre otras cosas: «Con toda libertad exponed vuestra disposición; yo no os coacciono lo más mínimo. Si no estás dispuesto dilo con toda franqueza, no lo hagas por mí. Estés dispuesto o no a ser supernumerario yo te querré siempre igual»105. Silverio Palafox, el médico venido de Valencia, recordaba aquella charla personal con el fundador: ‘Me llevaba del brazo con fuerza y suavidad a la vez. Quedé literalmente pasmado de las cosas que sabía, no ya de mí mismo, sino también de cuestiones “muy raras”, que a mí me intrigaban mucho y que casi todos ignoraban de hecho, o bien las deformaban o temían entrar en ellas: primer origen de la vida, evolucionismo, fundamentos biológicos de la sexualidad y del pensamiento, higienismo, medicina naturista… Dos cosas quedaron indelebles en mi memoria: una: «Agradece a Dios esta vocación que te ha dado en premio a lo que ayudaste a tu hermano para que pudiera seguir la suya». Y otra: «Me da mucha alegría que con mucha piedad, prudencia y formación metas doctrina en todos esos temas que están en manos de marxistas, masones, materialistas…». Y lo ejemplificó magistralmente con el mejor humor: «Porque también me dará mucha alegría el día que tenga un hijo torero; pero no le puedo decir a ninguno que se ponga a torear para blasonar de que hay toreros en la Obra… Cada cual a lo suyo»106.’

También Pedro Zarandona tenía grabados esos instantes «mientras paseaba por la orilla del pequeño río que atraviesa la finca, muy cerca del antiguo pinar. En conversación íntima y sencilla, en algunos momentos me cogía del brazo con gesto de confianza, me habló con palabras llenas de fe y amor a Dios de la grandeza de la vocación de entrega en medio del mundo, santificando el trabajo y las cosas corrientes de cada día. Aquellas palabras me confirmaron en la decisión que pocos meses antes había tomado de pedir la admisión en la Obra»107.

El diario de aquellas jornadas concluye así: «Ha terminado esta I semana, y queda en nuestro recuerdo como un sueño, un verdadero sueño. El Señor nos ha descubierto nuevos horizontes, que nos llenan de gozo y de alegría. Y ellos vuelven a sus hogares y a su trabajo para seguir la misma vida, pero con fines claros, ilusiones divinas y vocación de santidad»108.

 

Conclusiones

 

A la vista de los documentos y testimonios que hemos examinado, pueden avanzarse algunas conclusiones. En primer lugar, el fundador logró transmitir a los asistentes la idea fundamental de lo que el supernumerario representaba en el Opus Dei: que se trataba de un fenómeno vocacional para santificarse en el mundo. Decir esto en 1948 sorprendía, incluso a quienes conocían de antaño a san Josemaría y estaban familiarizados con el espíritu del Opus Dei. Todos sabían que el estado matrimonial no era incompatible con una intensa vida cristiana, pero plantearlo en términos de vocación, con todo lo que este término implicaba entonces y ahora, era una cosa distinta.

La alegría y la sorpresa que produjo en el grupo este descubrimiento fueron grandes. Eran personas que deseaban entregarse a Dios y varios de ellos lo habían intentado o se lo habían planteado anteriormente, pensando ser sacerdotes o numerarios, para darse cuenta de que no era lo suyo. Ahora, por fin, encontraban su camino vocacional.

Por lo que conocemos, su mensaje a aquel grupo de hombres casados o con perspectiva de formar una familia, no se diferenció de lo que venía diciendo a grupos de hombres o mujeres que deseaban vivir esa vocación en el celibato. La primacía de la vida contemplativa, la santificación de las realidades del mundo y del trabajo, la intervención responsable en las cuestiones temporales, sirviendo a Dios y a la sociedad desde el propio puesto, con deseo de irradiar lo más posible el espíritu cristiano, sin temor a ocupar puestos de prestigio o de relevancia si Dios los llamara a desempeñarlos, son temas que predicó siempre. No hay, por así decir, un mensaje específico para los supernumerarios.

La biografía de los participantes, como puede verse en el anexo, nos muestra a un grupo algo heterogéneo por su formación civil, la procedencia geográfica o el conocimiento anterior de la Obra. Al mismo tiempo, se ven algunos rasgos comunes: todos tenían formación universitaria o, en el caso de dos de ellos, eran oficiales de la Marina. Se trataba de profesionales de valía, e incluso varios llegarían a ser personalidades preeminentes en el panorama científico, político, cultural y económico de España. También se desarrollaría en algunos la preocupación por implicarse en iniciativas de repercusión social. En cuanto a sus afiliaciones o ideologías, no se dice en los documentos de archivo que hemos manejado cuáles eran, y esto se debe en buena parte a que en el Opus Dei se evita preguntar a los demás por sus opiniones en estos campos, para respetar la libertad. De algunos, como Fontán, sabemos que fue muy cercano a Francisco Franco, mientras que Navarro Rubio llegaría a ser ministro del régimen, aunque suele ser presentado como un católico tecnócrata, y de Altozano sabemos su filiación monárquica. Del resto, podemos suponer que existía la relativa homogeneidad que se daba entre los católicos españoles de la época, que habían vivido la Guerra Civil y sostenido el bando nacional.

Habían pasado veinte años desde el 2 de octubre de 1928, y el fundador había podido madurar, a la luz del carisma fundacional y de las propias experiencias de esos años, una visión prácticamente definitiva sobre los supernumerarios, que fue la que en buena parte les comunicó en esos días y la que quedaría plasmada, al cabo de unos meses, en la Instrucción para la obra de san Gabriel109. A partir de ese momento, esta parte del Opus Dei despegaría de modo definitivo: de los 2404 miembros varones y de las 550 mujeres con que el Opus Dei contaba a principios de 1950, los supernumerarios eran ya 519 varones y 163 mujeres110.

Apéndice. Breve  reseña biográfica de los  asistentes (por orden  alfabético)

 

Para componer estas breves notas biográficas, nos hemos centrado en la documentación disponible en AGP: se han empleado las relaciones testimoniales que varios de los protagonistas redactaron con ocasión de la causa de canonización de san Josemaría y breves notas necrológicas sin firma, redactadas con ocasión del fallecimiento de los interesados. Por el objeto y límites de este artículo, no se ha rastreado otra documentación primaria en archivos públicos y privados, limitándonos a usar bibliografía y datos de dominio público, sacados de diversas publicaciones y páginas web.

 

Hermenegildo Altozano Moraleda (1916-1981)

 

Nació en Baños de la Encina (Jaén) el 23 de diciembre de 1916. Empezó la carrera de Derecho con sólo quince años en 1931, en la Universidad de Granada. En los años de la II República fue presidente de la Asociación de Estudiantes Católicos de Derecho y Filosofía y Letras de su universidad. Al acabar la carrera, todavía muy joven, ganó la oposición para entrar en el cuerpo jurídico de la Armada. Tomaría posesión de su cargo al acabar la Guerra Civil española. Después fue nombrado profesor en la Escuela Naval de Marín. En la Marina alcanzó la graduación de general auditor.

De 1949 a 1955 fue secretario general del Gobierno en los territorios de la colonia española que hoy es la República de Guinea Ecuatorial, en tiempos nada fáciles. Como escribía Antonio Fontán, Altozano «fue a la par que jurista y militar prestigioso, un político independiente y nada convencional»111. Era de ideas monárquicas y formó parte del consejo del Conde de Barcelona. Entre 1959 y 1962, fue gobernador civil de Sevilla112. Al abandonar la política fue director del Banco Hipotecario de España. Se le conocía como «un hombre profundamente humano, que se granjeó el respeto y las simpatías generales en las diversas funciones públicas que desempeñó»113.

Conoció a san Josemaría en Molinoviejo, en la ocasión de que trata este artículo. En los recuerdos de quienes le conocieron en el Opus Dei se le describe como un hombre amable y delicado en el trato, sonriente y equilibrado, con muchos amigos, a los que trataba de acercar a Dios. Él y su mujer tuvieron ocho hijos.

Falleció en Jerez de la Frontera (Cádiz) el 12 de septiembre de 1981, a causa de un cáncer.

 

 Tomás Alvira Alvira (1906-1992)

 

Nació en Villanueva de Gállego (Zaragoza), el 17 de enero de 1906. Sobre su vida existen ya algunas semblanzas114. Estudió la carrera de Ciencias Químicas en la Universidad de Zaragoza. Su vida profesional estaría siempre ligada a la enseñanza media. Pasó por varios centros, en algunos de ellos como director. Al acabar la Guerra Civil española comenzó a dar clases en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, donde ganaría plaza de catedrático en 1941. El “Ramiro”, como es conocido coloquialmente en Madrid, era un centro de excelencia, donde Alvira formó parte de un prestigioso claustro de profesores115.

Fue también director del Colegio de Huérfanos de la Guardia Civil. Participó en la creación de Fomento de Centros de Enseñanza, una sociedad promotora de muchos colegios españoles de inspiración cristiana, que comenzó en 1963, donde también encontraremos a Víctor García Hoz y a Ángel Santos. Desde 1973 a 1976 fue vicedirector del Centro Experimental del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad Complutense y más tarde director de la Escuela Universitaria de Fomento de Centros de Enseñanza.

 Su contacto con el fundador del Opus Dei se produjo en Madrid, en plena Guerra Civil española, el 31 de agosto de 1937. Pocos días después, Alvira recibió una invitación sorprendente en aquellas circunstancias: realizar unos ejercicios espirituales de tres días, predicados por el fundador del Opus Dei, con otras cuatro personas. Suponía asumir un grave riesgo, debido al clima de persecución religiosa, por lo que tenían que reunirse en casas distintas para tener las diversas meditaciones sin levantar sospechas116. Cuando san Josemaría decidió pasar a la zona nacional, para poder desempeñar con libertad su ministerio sacerdotal, él se unió al grupo de fugitivos.

Tomás Alvira y su futura mujer Francisca Domínguez, cuando todavía eran novios

Alvira contrajo matrimonio con Francisca Domínguez (Paquita), poco después de acabar la guerra, en junio de 1939. Alvira siguió viéndose con san Josemaría en los años siguientes. En 1947 pidió ser admitido como supernumerario. También su mujer sería una de las primeras supernumerarias. El matrimonio tuvo nueve hijos.

 Falleció el 7 de mayo de 1992. De él y su esposa está abierto el proceso de beatificación.

La familia Alvira en 1957

 

Emiliano Amann Puente (1919-1980)

 

Nació en Bilbao en 1919. Su padre era un ilustre arquitecto, Calixto Emiliano Amann Amann (1882-1942)117. Al acabar el bachillerato, con sólo 15 años, se trasladó a Madrid para preparar el ingreso en la Escuela de Arquitectura y encontró alojamiento en DYA, una residencia que había comenzado en 1934 bajo el impulso del fundador del Opus Dei118. Las cartas que escribió a sus padres desde la residencia, que han sido publicadas en las páginas de esta revista119, reflejan la vida cotidiana de los primeros miembros del Opus Dei y de su fundador, que desempeñaban una amplia actividad de formación cristiana.

Emiliano Amann, con otros residentes de DYA (Madrid), en la terraza de la residencia, en mayo de 1936.
Emiliano es el primero por la derecha.

El estallido de la Guerra Civil le separó por un tiempo de la formación y ayuda espiritual que recibía en DYA, pero cuando san Josemaría logró escapar de la persecución religiosa y establecerse en Burgos, recuperó el con- tacto con él y experimentó su paterna solicitud, tanto personalmente como por carta. Una misiva de Amann se encuentra en el origen de los puntos 106 y 977 de Camino120.

Al terminar la guerra, Amann volvió a Madrid, donde ayudó a instalar la nueva residencia de la calle Jenner, en la que se alojaría. Desde allí se trasladó a la Residencia Moncloa, que comenzó sus actividades en 1943. Siguió viendo a san Josemaría, aunque con menos frecuencia. Al terminar la carrera de Arquitectura, en 1946, volvió a Bilbao. De seguro, Escrivá había hablado también con él de la “vocación matrimonial” y cuando Emiliano Amann se casó con Carmen Garamendi, en 1948, san Josemaría ofició el matrimonio en Algorta (Vizcaya). En Molinoviejo, cuando le expuso la posibilidad de pedir la admisión como supernumerario, Amann recordaba que «no lo dudé un segundo, porque me fiaba del Padre»121.

Como arquitecto, Emiliano Amann trabajó en los años del desarrollismo continuando la línea innovadora de su padre para proyectar viviendas sociales que abarataban costes y mejoraban el aprovechamiento del espacio. También trabajó como arquitecto diocesano entre los años 1956 y 1960, y realizó diversos proyectos para Viviendas de Vizcaya, para la Obra Sindical del Hogar, para el Banco Popular y para la Telefónica. Además se ocupó de edificios destinados a actividades apostólicas relacionadas con el Opus Dei, como la casa de retiros Islabe (Derio, Vizcaya).

Falleció el 13 de diciembre de 1980.

 

Juan Caldés Lizana (1921-2008)

 

Nació en Lluchmayor (Mallorca), el 1 de enero de 1921. La familia tuvo que trasladarse a Madrid y allí Juan estudió el bachillerato obteniendo el premio extraordinario de examen de Estado.

Después de la Guerra Civil, estudió la carrera de Derecho en la Universidad de Valencia, que finalizó en 1944. Al año siguiente obtuvo el título de doctor en Madrid y sacó las oposiciones a oficial letrado del Instituto Social de la Marina en 1946. Ese mismo año fundó en Madrid la Academia Universitaria San Raimundo de Peñafort, dirigida a trabajadores de diversos sectores, que de este modo podrían estudiar Derecho en horario nocturno. La Academia llegó a ser un centro modelo en su clase, que inspiró la creación de otros semejantes en España. En 1956 habían cursado ya la carrera de Derecho centenares de empleados122.

En unión con Leonardo Prieto Castro, catedrático de Derecho Procesal, Juan Caldés fundó también la Escuela de Práctica Jurídica de la Universidad de Madrid. Casi medio siglo después había en España setenta y cuatro escuelas de ese tipo.

Durante sus estudios en Valencia había conocido el Opus Dei gracias a Amadeo de Fuenmayor y a José Montañés. Pidió la admisión como supernumerario el 15 de julio de 1948, unas semanas antes de ir a Molinoviejo. Cuando san Josemaría charló con él, no tuvo que plantearle su posible vocación, como a otros: «En un rato que me cogió del brazo y paseamos –recordaba Caldés–, sólo me hizo una recomendación muy concreta: el año próximo me quería ver con dos amigos míos allí. Su afán de apostolado era inconmensurable»123.

Durante una tertulia con san Josemaría en Tajamar (Madrid), en 1972:
en segundo plano, con gafas, aparece Juan Caldés

Contrajo matrimonio con Consuelo Llopis Martínez, que también fue supernumeraria. Tuvieron diez hijos.

A lo largo de su vida profesional desempeñó diversos cargos relacionados con la abogacía y la economía: en el Consejo General de Abogados, la Mutualidad de Abogados de España, la Confederación de Entidades de Previsión Social de España, etc. Desde 1958 se ocupó también de la banca: primero en el Banco Popular, y después como director del Instituto de Crédito de las Cajas de Ahorro, donde recordaba haber pasado sus cuatro años profesionalmente más felices124. Tradicionalmente, las Cajas de Ahorro favorecían obras sociales y culturales, que Caldés impulsó en esos años, con la creación de residencias para la tercera edad, escuelas, etc. En 1972 el Instituto de Crédito fue absorbido por el Banco de España, del que Caldés pasó a ser director general hasta 1984. Después volvió a ejercer la abogacía.

Falleció el 30 de mayo de 2008.

 

Jesús Fontán Lobé (1901-1980)

 

Nació el 26 de abril de 1901 en Vilagarcía de Arousa (Pontevedra). Fue marino de guerra, donde alcanzó el grado de vicealmirante. Viviendo en El Ferrol, cuando era niño, conoció a un amigo de su hermano Juan, mayor que él, que venía a estudiar a casa: se llamaba Francisco Franco Bahamonde. Desde entonces, les unió una estrecha amistad, y esta fue la razón de que el general y dictador español le nombrara su ayudante en febrero de 1939125.

Fontán ingresó en la Escuela Naval en 1917 y más tarde obtuvo los títulos de piloto de dirigible y de observador naval, además del diploma de Estado Mayor. Durante la Guerra Civil, fue detenido en Madrid, en septiembre de 1936, y pasó dos meses en la Cárcel Modelo. Después de ser puesto en libertad pasó a la zona nacional en junio de 1937. A partir de entonces estuvo destinado en diversos buques y trabajó en el Cuartel General del Ejército, en Salamanca.

En 1942 conoció a José María González Barredo, uno de los primeros miembros del Opus Dei, que era catedrático de la Universidad de Zaragoza y que le habló de san Josemaría. Al día siguiente se conocieron y la simpatía del fundador le conquistó. En sucesivos encuentros, fue testigo de la seguridad con que hablaba del futuro desarrollo de la Obra. En esos años, Jesús Fontán trató también a Álvaro del Portillo126.

A primeros de abril del 1946, Fontán cesó en su cargo de ayudante del Generalísimo para tomar el mando del buque Galatea. En el verano de 1947, recibió la agradable e inesperada visita de Josemaría Escrivá y de Álvaro del Portillo en su casa de Pontedeume. Con su mujer, Blanca Suanzes, que fue también supernumeraria, tenían entonces seis hijas y dos hijos. «Con el cariño que ponía el Padre [J. Escrivá] en todo –recordaba Fontán– miró a mis hijas y dijo: “De éstas me tengo que llevar yo alguna” y el Señor le concedió vocación a dos. […] Al despedirse, me dijo: “Ya puedes ser de la Obra”»127.

Después de ocupar cargos de gran responsabilidad, en 1967 cesaba su actividad en la Armada, pero no su relación con el mar. Ese año fue nombrado presidente del Instituto Social de la Marina, que se ocupa del servicio sanitario y previsión social para los trabajadores del mar, además de facilitar otras ayudas a quienes desempeñan ese duro oficio y a sus familias. Cesó en ese cargo en 1976, a los 75 años de edad.

Falleció el 26 de agosto de 1980, en su casa de Cabañas (A Coruña). En su funeral estaban presentes muchos de los compañeros marinos que trató de acercar a Dios durante su vida como supernumerario.

 

Rafael Galbe Pueyo (1919-2012)

 

Nació en Zaragoza en 1919. Allí estudió la carrera de Derecho. En 1937, durante la Guerra Civil, llegó a bordo del crucero Canarias a Mallorca, donde conoció a José Orlandis, con quien estuvo siempre unido por una gran amistad128. Fue teniente auditor de la Escala de Complemento del Cuerpo Jurídico de la Armada.

Su contacto con el Opus Dei tuvo lugar en Zaragoza, durante los viajes regulares que miembros de la Obra hacían a esa ciudad. Durante el curso 1942-43 se trasladó a Madrid, para preparar las oposiciones de judicatura. Allí iba a ver a san Josemaría y a José Luis Múzquiz a la casa de la calle Lagasca.

Galbe ingresó en la carrera judicial en 1947, y fue destinado al Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Jaca. En 1948, como sabemos, san Josemaría pensó en él como en uno de los candidatos a ser supernumerario. Como los demás asistentes a la convivencia, se ilusionó con esa posibilidad. Más tarde pasó a ser numerario. En 1949 fue destinado por el gobierno español a los entonces llamados territorios del Golfo de Guinea.

En la colonia española era conocido por su actividad de apostolado entre los europeos más jóvenes, que encontraban dificultades para vivir cristianamente en aquel ambiente, más relajado moralmente que la España de entonces. En abril del año 1953, fue nombrado juez de Primera Instancia y Apelación de Santa Isabel y presidente del Tribunal Colonial y Superior Indígena. En mayo de 1960, fue promovido a la categoría de magistrado, continuando como jefe del Servicio de Justicia del entonces territorio de Guinea.

En 1966 era presidente del Tribunal de Justicia de Guinea Ecuatorial129. El 9 de octubre de 1968 cesó como comisario general adjunto de Guinea Ecuatorial, el mismo día en que España otorgaba la independencia al nuevo país. Los que le trataron allí le recordaban como un hombre de gran fe, honesto, de gran rectitud moral y con un fuerte temperamento.

Desde mediados de los años cincuenta se había desvinculado formalmente del Opus Dei, manteniendo siempre la fama de persona «reflexiva, creyente y sobre todo servicial»130. También se mantuvo soltero toda la vida.

De vuelta a España, llegó a ser presidente de la Sala de lo Contencioso-Administrativo de la Audiencia de Zaragoza. Falleció en la capital aragonesa en 2012.

 

Víctor García Hoz (1911-1998)

 

Nació en Campillo de Aranda (Burgos), en 1911. En 1940 obtuvo el doctorado en la rama de Pedagogía y en 1944 sacó la cátedra en Pedagogía Experimental y Diferencial en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid.

Se casó al poco de acabar la Guerra Civil española, en agosto de 1939. Junto a su mujer, Nieves Rosales y Laso de la Vega, buscaba un director espiritual y fue así como conoció al fundador del Opus Dei. El contacto se pro- dujo a través de Casimiro Morcillo, vicario general de la Diócesis de Madrid. Hasta 1946, se vieron con regularidad. De esas charlas de orientación espiritual, García Hoz rememoraba «una frase que entonces me llenó de asombro: “Dios te llama por caminos de contemplación”. Por aquellos años resultaba casi incomprensible que a un hombre casado, con una hija entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante su familia, se le hablara de la contemplación como algo que él tenía que realizar»131. Con su esposa, que también llegaría a ser supernumeraria, tuvieron ocho hijos.

Hacia 1942, Ecrivá le empezó de hablar de la posibilidad de responder «a una especial vocación divina para intentar buscar la santidad en medio del mundo […]. Me propuso que en unión de otra persona, Tomás Alvira, empezáramos a vivir las Normas y Costumbres de la Obra sin dar carácter formal a nuestra pertenencia a ella. A mí me produjo una gran alegría. […] Con una paciencia que cada vez me asombra más, el Padre dirigía un Círculo de Estudios de Supernumerarios, no existiendo todavía formalmente, al cual asistíamos Tomás Alvira y yo»132.

Víctor García Hoz, durante una conferencia en el Colegio Peñarredonda (A Coruña), de Fomento

El historial académico y profesional de Víctor García Hoz es muy amplio. Fue director del Instituto de Pedagogía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, hasta 1981; miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y de sociedades científicas; consejero pedagógico –comisionado por la Unesco– de diversos estados; obtuvo varios doctorados honoris causa, numerosos premios y distinciones nacionales e internacionales. Con centenares de publicaciones, quizá su obra más importante es el monumental Tratado de educación personalizada, en treinta y tres volúmenes, con la colaboración de profesores europeos y americanos, que terminó en 1997, a los 86 años. Hasta pocos días antes de su muerte, acudía puntualmente a trabajar en Fomento de Centros de Enseñanza, entidad promotora de muchos colegios de inspiración cristiana, en cuya creación e impulso participó con entusiasmo junto a Tomás Alvira y Ángel Santos, también asistentes a la convivencia de Molinoviejo.

Falleció, el 18 de febrero de 1998, en su domicilio de Madrid.

 

Antonio Ivars Moreno (1918-1997)

 

Nació en Valencia en 1918. Estudió Derecho en su ciudad natal y realizó el doctorado en Madrid. Su conocimiento del fundador del Opus Dei se remontaba a los primeros viajes de san Josemaría a Valencia, después de la Guerra Civil española, en 1939, cuando, según sus recuerdos, le habló de él «un amigo íntimo quien me lo describió como un sacerdote santo, dedicado a la formación de la juventud. Me habló de unos círculos que tenían lugar en un modesto entresuelo de la calle de Samaniego nº 9 a los que me propuso asistir»133. Allí conoció a san Josemaría, un día que el fundador estaba «acostado en un camastro, enfermo, con fiebre, delgado»134. Una vez repuesto, le confesó y le invitó a su Misa, que le impresionó profundamente. A raíz de ese encuentro, recordaba, «Mi vida cambió. Había ansiado durante los últimos años encontrar algo que “me llenase por completo”, y era, justamente aquello, lo que esperaba sin saberlo»135.

En 1940, cuando ya estaba funcionando una residencia de universitarios en la misma calle Samaniego, Antonio Ivars tuvo una conversación con Pedro Casciaro y Amadeo de Fuenmayor. Le confiaron que san Josemaría «había dicho “que yo tenía vocación matrimonial y que no me inquietasen”»136. Desde aquellos primeros contactos con el Opus Dei se sentía ya parte de la Obra: «soy supernumerario y no lo fui “de jure” hasta diez años después. Sin embargo, mi vocación surgió en el primer momento»137.

Profesionalmente trabajó en la Compañía de Tranvías y Ferrocarriles de Valencia, de la que fue Secretario General. En 1957, llevado de sus inquietudes por la mejora del mundo empresarial, fundó una escuela dirigida a la formación de altos ejecutivos de las empresas, una iniciativa pionera en Valencia. Escribió varios libros relacionados con la formación de directivos y la gestión de las empresas.

Organizó tertulias que le ayudaron a ampliar el campo de sus amistades. Un buen número de supernumerarios de Valencia aseguran que gracias a él descubrieron su vocación. En 1982 fundó la Escuela Tertulia, a la que asistían semanalmente grupos pequeños de empresarios con los que trataba de temas humanísticos, culturales, sociales y profesionales.

Antonio Ivars, segundo por la izquierda, en Valencia, en 1948

En la última etapa de su vida padeció durante diez años la enfermedad de Alzheimer. Falleció el 25 de abril de 1997.

 

Mariano Navarro Rubio (1913-2001)

 

Nació en Burbáguena (Teruel), el 14 de noviembre de 1913138. Su infancia y su primera juventud la pasó en Daroca (Zaragoza). Estudió Derecho en la Universidad de Zaragoza. De ideas republicanas y contrario tanto a los partidos de izquierda como de derecha, encontró en la Acción Católica un buen campo de acción. Al acabar la Guerra Civil española se licenció del ejército, como Capitán Provisional de Regulares.

Preparó el doctorado en Derecho e ingresó en la Academia del Cuerpo Jurídico Militar. Vivía en Madrid y era miembro del Consejo Superior de los Jóvenes de Acción Católica, cuando en mayo o junio de 1940, conoció a san Josemaría, gracias a Alberto Ullastres139, presidente del Consejo Diocesano de Madrid y compañero suyo de estudios en el curso de doctorado de Derecho.

San Josemaría con Mariano Navarro Rubio y su mujer, María Dolores Serrés,
con ocasión de un viaje a Roma, en 1958

Navarro andaba buscando un buen director espiritual que despejase sus dudas acerca de una posible vocación sacerdotal. Al principio, san Jose- maría le animó en esa dirección, pero a los pocos días le aconsejó esperar y pensar si Dios no le llamaba al matrimonio. Una serie de sucesos de esos días le hicieron ver que el fundador de la Obra tenía razón. Se casó con María Dolores Serrés Sena, con quien tuvo once hijos.

Algo parecido le ocurrió respecto a su orientación profesional. Respetando su libertad, san Josemaría le sugirió que pensase en dedicarse a la política, en vez de ganar una cátedra de Derecho, a la que Navarro aspiraba. Después del desconcierto inicial por ese consejo inesperado, la realidad demostró que sus cualidades iban en esa dirección, como Escrivá había intuido, pues, como Navarro mismo recordaba, «en 1947 fui designado Procurador en Cortes. En 1955 nombrado Subsecretario de obras Públicas. En 1957 Ministro de Hacienda y en 1965 Gobernador del Banco de España. No cabe duda de que el Padre tenía razón»140.

Navarro siguió hablando con san Josemaría, mientras crecía su afecto hacia la Obra. Estando en Roma en 1947, junto a Víctor García Hoz, se entrevistó con el fundador, quien le hizo saber que había llegado el momento de que los casados pudieran incorporarse al Opus Dei como  supernumerarios.  Cuando  le  preguntaron  si  quería  ser  uno  de ellos, respondió resueltamente que sí. San Josemaría le dijo que dijese a García Hoz que le enseñase las Preces141, y ese día las rezaron juntos en el hotel.

Como hemos visto, Mariano Navarro Rubio ocupó importantes cargos en la vida pública española. Recibió muchos reconocimientos y condecoraciones por su trabajo; fue también un estudioso de economía y política, y académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Fue uno los principales propulsores del Plan Nacional de Estabilización Económica, que modernizó la Economía y Administración españolas, permitiendo –en los años en que fue ministro de Hacienda– un crecimiento económico extraordinario. Esa brillante carrera fue trun- cada en 1970, mientras era gobernador del Banco de España, cuando fue acusado en el llamado “caso Matesa”142.

Durante sus últimos años, la enfermedad le obligó a estar inmovilizado. Falleció el 3 de noviembre de 2001.

 

 Silverio Palafox Marqués (1921-2015)

 

 Nació en Granada en 1921. Mientras estudiaba Medicina en Valencia, comenzó a frecuentar la residencia de la calle Samaniego, animado por don Eladio España, un sacerdote buen amigo de san Josemaría. En 1940 conoció al fundador del Opus Dei en Valencia. Pedro Casciaro le invitó a dar clases de Biología a los que iban por dicha residencia para preparar el Examen de Estado. En 1941 estuvo en Madrid asistiendo a un curso de retiro que predicaba san Josemaría y se vinculó al Opus Dei, pero enseguida perdió el contacto al alistarse voluntariamente a la División Azul, que reunió a jóvenes españoles para luchar en Rusia. Regresó un año y medio más tarde, bastante decepcionado de lo que había vivido, y trasladó el expediente a la Universidad de Salamanca.

Silverio Palafox con varios amigos en 1944, en la Residencia Moncloa (Madrid):
es el primero por la derecha

Siguió manteniendo contactos esporádicos con el Opus Dei y san Jose- maría hasta que un día –por sugerencia de su hermano Emilio, que era de la Obra– preguntó a Pedro Casciaro «qué era eso de los “supernumerarios”». Casciaro se mostró sorprendido pero respondió sonriente: «No son nada aún, pero lo serán. Tú sigue portándote bien y encomiéndalo»143. Pasado un tiempo, le invitaron a ir a Molinoviejo, con la ocasión que conocemos, donde pudo saber lo que deseaba y pasar a ser del Opus Dei.

En 1950 se casó con María Dolores Bogdanovitch Manrique: el matrimonio tuvo cinco hijos, con los que desde el primer momento quisieron crear un hogar cristiano.

Fue un activo científico, exponente de la corriente neo-hipocrática del naturismo médico español. Se doctoró en Hidrología, Psiquiatría, Endocrinología y en Historia de la Medicina, con prestigiosos académicos. Fue profesor de varias disciplinas en la Universidad Complutense de Madrid. En 1947 creó Cuadernos de Bionomía, una revista que tenía como objetivo el estudio y la divulgación del naturismo médico, la higiene, la dietética, el vegetarianismo, los agentes naturales de curación y la tendencia autocurativa del organismo, en un contexto de humanismo médico.

Fue académico correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina (1980) y fundador de la Asociación Española de Médicos Naturistas (1981), de la que fue presidente hasta 1997.

Falleció el 23 de marzo de 2015, a los noventa y tres años de edad.

 

 Manuel Pérez Sánchez (1905-2002)

 

Nació en Herrera de Ibio (Cantabria) el 8 de noviembre de 1905. Después de estudiar el bachillerato en Santander, se trasladó a Madrid en 1924 para preparar el ingreso en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Allí su paisano y amigo Manuel Sainz de los Terreros le invitó a las actividades de formación cristiana que organizaba el fundador del Opus Dei.

Conoció a san Josemaría el 18 de marzo de 1934, en un retiro espiritual que tuvo lugar en la residencia de los p.p. redentoristas de la calle de Manuel Silvela 14, en Madrid. Poco más tarde pedía la admisión en el Opus Dei.

Desde años antes, colaboraba en las actividades que las Conferencias de San Vicente de Paúl llevaban a cabo en la parroquia de San Ramón, en el madrileño barrio del Puente de Vallecas. Uno de los participantes era un alumno de primer año de la Escuela de Caminos, Canales y Puertos: Álvaro del Portillo. Un día en que todos hablaban con entusiasmo de Josemaría Escrivá, Pérez Sánchez quedó en que se lo presentaría a Del Portillo, lo que ocurrió unos días después en la Residencia DYA. El beato Álvaro del Portillo guardó siempre una especial gratitud a Manuel Pérez Sánchez por haberle hecho conocer a san Josemaría.

La Guerra Civil le sorprendió en Santander. Cuando san Josemaría pudo llegar a Burgos, retomaron el contacto. En alguna ocasión, Pérez Sánchez pudo prestar una ayuda económica muy necesaria para superar los apuros del fundador y sus acompañantes.

Poco antes de la Guerra Civil, Pérez Sánchez había dejado de ser numerario, pero san Josemaría pensó enseguida en él como posible supernumerario y así lo fue desde los días de Molinoviejo de 1948. En 1962, todavía soltero, pasó a ser agregado del Opus Dei. Hasta 1997 vivió en su casa de Madrid. Ocupó diversos cargos en el Ministerio de Obras Públicas. En 1965 fue nombrado director de la Comisión Administrativa del grupo de Puertos. Desde su jubilación, en 1975, trabajó distribuyendo libros espirituales y desempeñando tareas administrativas en el centro del Opus Dei del que dependía, hasta más allá de los noventa años. Toda su vida siguió colaborando en las Conferencias de San Vicente, que fueron un medio para hacer apostolado con sus amigos.

Falleció en Herrera de Ibio el 29 de marzo de 2002, a los noventa y seis años de edad.

 

Manuel Sainz de los Terreros y Villacampa (1907-1995)

 

Nació en Solares (Cantabria) en 1907. Amigo de Manuel Pérez Sánchez, como se ha dicho, e ingeniero de caminos como él, había conocido a san Josemaría en junio de 1933. Le hablaron de ese sacerdote aragonés mientras atendía a unas familias pobres en Madrid, en una actividad de caridad. Cuando se entrevistaron, el joven ingeniero mostró su incertidumbre acerca de una posible entrega a Dios y después de rezar y pensarlo, al cabo de unos días, se decidió a colaborar con toda el alma en la obra que estaba sacando adelante Escrivá144.

Colaboró en la puesta en marcha de la Academia y Residencia DYA y, por ser algo mayor que los universitarios que la frecuentaban, se ocupó de So.Co.In., el primer intento de san Josemaría de poner en marcha la obra de san Gabriel. Después, con Tomás Alvira y los demás, acompañó a Escrivá en la fuga a través de los Pirineos. En 1938 perdió el contacto con la Obra, aunque siempre mantuvo una gran estima y veneración por san Josemaría.

Se casó con Carmen de Goñi y Esparza, con quien tuvo siete hijos, y se trasladó a vivir a Pamplona, donde ejerció su actividad profesional.

Cuando se planteó la posibilidad de recuperar algunos viejos conocidos de los tiempos de Ferraz, san Josemaría pensó en Sainz de los Terreros, que aceptó participar en la semana de Molinoviejo, aunque su nuevo contacto con la Obra volvió a interrumpirse al cabo de no mucho tiempo. Falleció en Pamplona el 18 de junio de 1995.

 

Manuel Sainz de los Terreros, durante la Guerra Civil española

Ángel Santos Ruiz (1912-2005)

 

Nació en Reinosa (Cantabria) en 1912. A los veintidós años terminó la licenciatura en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Madrid y amplió estudios en Londres y París. Conoció a san Josemaría en septiembre de 1935, a través de Miguel Deán, un amigo suyo que llegaría también a ser supernumerario algo más tarde.

En sus recuerdos, escritos muchos años después, encontramos la exhortación del fundador del Opus Dei sobre «la conveniencia de prepararse en lo científico y en lo profesional óptimamente, para tener prestigio y poder influir, con visión cristiana, en el ambiente familiar, universitario y social»145.

Ángel Santos, a la izquierda, con José Antonio Galarraga, en 1944

Fue uno de los que se incorporó a las actividades de So.Co.In. Durante la Guerra Civil, Isidoro Zorzano le facilitó a veces que pudiera comulgar y en alguna ocasión un sacerdote celebró clandestinamente la Misa en su casa. Pero, como otros católicos, Santos Ruiz acabó por ser detenido y encarcelado. Al acabar la Guerra Civil siguió participando en las actividades de formación cristiana del Opus Dei, teniendo como director espiritual a san Josemaría.

En 1940 obtuvo la cátedra de Química Biológica en la Facultad de Farmacia de la Universidad Central de Madrid. Recordaba que san Josemaría «me felicitó y, con su vehemencia característica, me aclaró mis responsabilidades como universitario, como científico y como hijo de Dios. Debía tener un gran amor a mi trabajo –sin cifrar mis esperanzas en la gloria humana y el agradecimiento de los demás– con rectitud de intención y, sobre todo, una constante preocupación por hacer apostolado con mis compañeros y amigos, ayudándoles desinteresadamente, no sólo en lo espiritual, sino, asimismo, en lo material, si fuere preciso»146.

A medida que Santos conocía mejor el Opus Dei, sentía inquietud ante una posible llamada de Dios, pero recordaba que el fundador le habló de su vocación al matrimonio: «Una vocación maravillosa –decía el Padre– que yo bendigo con las dos manos»147. El mismo Escrivá le casó el 4 de diciembre de 1941 con María del Carmen Díaz Hernández-Agero, que también sería supernumeraria. Tuvieron cuatro hijos.

Compatibilizándolo con su trabajo universitario, cursó la licenciatura de Medicina en Salamanca e hizo el correspondiente doctorado en Madrid. Por su labor docente e investigadora llegó a ser uno de los padres de la Bioquímica en España. En 1955 fue nombrado presidente del Comité Nacional de Bioquímica. Fue uno de los fundadores de la Sociedad Española de Bioquímica y presidente de la Real Academia Nacional de Farmacia, además de académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina. Recibió cinco doctorados honoris causa y otros importantes reconocimientos y con- decoraciones por su actividad científica148.

Falleció el 23 de abril de 2005, a los noventa y dos años de edad.

 

Carlos Verdú Moscardó (1914-1991)

 

Nació en Paterna (Valencia) en 1914. Realizó sus estudios de Derecho en la Universidad de Valencia.

Fue uno de los universitarios que se encontraban en el primer curso de retiro que san Josemaría predicó en Valencia en 1939. Era un becario del Colegio Mayor San Juan de Ribera, en Burjasot (Valencia). Tres colegiales fueron designados para ir a Madrid a recoger a don Josemaría Escrivá: uno de ellos era Verdú. Rememorando aquellas horas de viaje en automóvil desde Madrid a Valencia con san Josemaría, escribía que su conversación «giraba en torno a su preocupación de conquistar la Universidad para Jesucristo. Excitaba en nosotros el sentido de responsabilidad que, como estudiantes católicos, nos debería de llevar a ser los mejores en todos los órdenes y en cargarnos de competencia y de prestigio para hacer en el ambiente universitario la labor a que estábamos obligados como intelectuales católicos»149.

Verdú fue el protagonista de una anécdota que san Josemaría evocó en diversos momentos de su vida, de palabra y por escrito, la que se relaciona con un cartelón en el que rezaba el lema “Cada caminante siga su camino”, dejado por las tropas republicanas que habían ocupado el edificio durante la guerra. Cuando se disponía a arrancarlo, san Josemaría le dijo que podía ser útil dejarlo y durante los ejercicios, «rara era la meditación o plática en que, de una manera u otra, no le sacara partido a aquella frase de “cada caminante siga su camino” en orden a llenarnos de congruencia en nuestro obrar católico»150.

También Verdú conoció en esos días, con la ayuda de san Josemaría, cuál era su propio “camino”, el de buscar la santidad dentro del estado matrimonial. No volvería a ver al fundador hasta las jornadas de Molinoviejo, a las que le había invitado su viejo amigo Ángel López-Amo151, por encargo de san Josemaría.

Después de la convivencia, ya como supernumerario, volvió a verse con san Josemaría en Valencia, en abril de 1949. En esa ocasión, le acompañaban tres amigos suyos que, al poco tiempo, pidieron la admisión como supernumerarios.

Se casó con María Sancho Minaya, con quien tuvo cuatro hijos. Se dedicó al libre ejercicio de la abogacía en Valencia y Gandía, localidad cercana a la capi- tal valenciana. También ocupó cargos en la vida pública valenciana: fue diputado provincial de la Diputación de Valencia, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Valencia y director del Hospital Provincial de la misma ciudad. Siguió siempre en contacto con el Colegio Mayor San Juan de Ribera, de cuyo patronato fue miembro, además de presidente de la asociación de antiguos alumnos.

Falleció el 24 de julio de 1991 en Valencia, después de tres años de grave enfermedad.

 

Pedro Zarandona Antón (1922-2009)

 

Nació en Castro Urdiales (Cantabria), el 12 de agosto de 1922. Era el menor de doce hermanos. En 1941 ingresó en la Escuela Naval Militar. En junio de 1944 le descubrieron una tuberculosis. Durante su convalecencia, dos hermanas suyas que eran clarisas en el monasterio de Cantalapiedra (Salamanca) le aconsejaron leer Camino. Deseoso de conocer al autor, Zarandona intentó ponerse en contacto con san Josemaría, con quien se entrevistó en Madrid el 1 de diciembre de 1945. El fundador se interesó por su enfermedad y, entre otros consejos, le recomendó que acudiera a la inter- cesión de Isidoro Zorzano. Al preguntar por el Opus Dei, san Josemaría le dijo que tuviera paciencia y le sugirió que, de momento, se dirigiera espiritualmente con el rector de la Parroquia del Buen Suceso, Mons. José María Bulart, buen amigo suyo. En octubre de 1946, ya casi restablecido, comenzó a participar en los medios de formación cristiana que se impartían en el Colegio Mayor Moncloa.

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Pedro Zarandona, primero por la derecha, durante una visita del beato Álvaro del Portillo a Torreciudad (Huesca), en 1978

En enero de 1947, logró reincorporarse a la Escuela Naval, para concluir los estudios. En junio de ese año ascendió a alférez de navío y fue des- tinado a la Jurisdicción Central de la Marina en Madrid, donde retomó el contacto con el Opus Dei.

Después de haber pedido la admisión como supernumerario en 1948, y tras los días pasados en Molinoviejo, comenzó los estudios de Economía en la Universidad Central de Madrid, haciéndolos compatibles con su trabajo. En noviembre de 1950, con ocasión de una peregrinación militar a Roma, estuvo de nuevo con san Josemaría. Poco después pedía la admisión como agregado del Opus Dei y un año más tarde pasaba a ser numerario.

En 1962, tras ser ascendido a capitán de corbeta, decidió solicitar el pase a la situación de reserva de la Marina, para dedicarse por completo a tareas internas del Opus Dei. De 1962 a 1964 vivió y trabajó en Sevilla, como miembro del Consejo de la Delegación del Opus Dei en esa ciudad, y en 1964 volvió a Madrid, para trabajar en la Comisión Regional del Opus Dei en España, primero como oficial y después, desde 1966, como administrador.

En 1976 se trasladó a Torreciudad para hacerse cargo de la presidencia del patronato del Santuario, donde se ocupó del sostenimiento económico y de la difusión del mismo, y también de la promoción de obras sociales y educativas en la zona. Cuando regresó a Madrid, en 1992, trabajó para sostener diferentes iniciativas apostólicas del Opus Dei. También se ocupó de promover la Fundación Ana María de la Lama y Salvarrey, que ha proporcionado becas de estudio a jóvenes de Cantabria, además de ayudar a otros proyectos de promoción social.

Falleció el 21 de mayo de 2009 en Madrid.

 

Luis Cano. Secretario y miembro ordinario del Istituto Storico San Josemaría Escrivá. Licenciado en Derecho y doctor en Teología. Su campo de investigación, además del Opus Dei y su fundador –en especial su predicación y escritos–, es la historia de la devoción al Sagrado Corazón y a Cristo Rey. Es profesor de Historia de la Iglesia en el Istituto di Scienze Religiose all’Apollinare (Roma). Recientemente ha publicado, con Francesc Castells, una serie de textos inéditos de la predicación de san Josemaría (En diálogo con el Señor, Madrid, Rialp, 2017).

 

1      Para simplificar llamamos “convivencia” a la semana de formación cristiana y de mejora espiritual y personal que suelen hacer los miembros supernumerarios una vez al año, y que representa también una ocasión de convivir y esparcirse junto a los demás miembros del Opus Dei.

2     Nos referimos a la aprobación como instituto secular, con el Decretum laudis (decreto Primum institutum, 24 de febrero de 1947).

3     Constituciones  1947,  n.  342,  3º,  cit.  en  Amadeo  de  Fuenmayor  −  Valentín  Gómez Iglesias − José Luis Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona, Eunsa, 1989, p. 199 (en adelante, Itinerario).

4     Cfr. ibid.

5     Nota del 5 de noviembre de 1947, AGP, A.2, 40-3-2.

6     Amadeo de Fuenmayor Champín (1915-2005), nació en Valencia. Pidió la admisión en el Opus Dei en 1939. En 1943 ganó la cátedra de Derecho Civil. En 1949 fue ordenado sacerdote. En su vida compatibilizó su trabajo pastoral y la colaboración en el gobierno del Opus Dei con su dedicación al Derecho. Entre 1952 y 1956 fue consiliario del Opus Dei en España. Doctor en Derecho Canónico (1965), desde 1967 fue profesor en la Universidad de Navarra. Intervino en los trabajos preparatorios para la erección del Opus Dei en Prelatura personal. Falleció el 22 de noviembre de 2005 en Pamplona, a los 89 años.

7      «Seis meses, y un año»: se refiere a la formación inicial que reciben quienes piden la admisión en el Opus Dei hasta su admisión (seis meses) y de ahí a su incorporación jurídica mediante la Oblación (un año).

8      Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer al Consejo General del Opus Dei, 11 de diciembre de 1947, AGP, A.3.4, 0259-04, carta 471211-04.

9      Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer al Consejo General del Opus Dei, 18 de diciembre de 1947, AGP, A.3.4, 0259-04, carta 471218-01.

10    Itinerario, p. 256.

11    Cfr. Julio A. Gonzalo González, Cursillos de cristiandad. Orígenes y primera expansión, Valencia, Edicep, 2006; Raffaella Pinassi Cardinali, I focolarini sposati. Una “via nuova” nella Chiesa, Roma, Città Nuova, 2007; para la historia de los Equipes Notre-Dame, cfr. http://www.equipes-notre-dame.com/fr/les-equipes-notre-dame/qui-sommes-nous/lhistoire-du-mouvement  [consultado  el  25  de  septiembre  de  2017];  Fidel  González Fernández, Los movimientos en la historia de la Iglesia, Madrid, Encuentro, 1999.

12    Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer al Consejo General del Opus Dei, 25 de diciembre de 1947, AGP, A.3.4, 0259-04, carta 471225-01.

13    Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer a Mariano Navarro Rubio, Tomás Alvira Alvira y Víctor García Hoz, 1 de enero de 1948, AGP, A.3.4, 0260-01, carta 480101-01.

14    Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei (en adelante AVP), Madrid, Rialp, 1997-2003, vol. III, p. 154.

15    Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer al Consejo General del Opus Dei, 18 de enero de 1948, AGP, A.3.4, 0260-01, carta 480118-01.

16    Constitutionibus Operis Dei Addenda, 18 de marzo de 1948, cit. en Itinerario, p. 201.

17    Otra diferencia es que no se comprometían a vivir el celibato, como los numerarios.

18    Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer al Consejo General del Opus Dei, 29 de enero de 1948, AGP, A.3.4, 0260-01, carta 480129-03.

19    Itinerario, p. 200.

20     La cuestión, felizmente solucionada para el fundador, volvería a presentarse en 1950, cuando con ocasión de la aprobación definitiva de las Constituciones, la correspondiente Comisión de Consultores de la Congregación de Religiosos encontró algunas dificultades para admitir este punto y pidió aclaraciones al fundador. Cfr. Itinerario, p. 226.

21    Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer al Consejo General del Opus Dei, 4 de febrero de 1948, AGP, A.3.4, 0260-01, carta 480204-1.

22    Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer al Consejo General del Opus Dei, 18 de marzo de 1948, AGP, A.3.4, 0260-02, carta 480318-1.

23    Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer al Consejo General del Opus Dei, 21 de abril de 1948, AGP, A.3.4, 0260-02, carta 480421-01.

24     Amadeo de Fuenmayor, en sus recuerdos, habla de cinco: además de los primeros tres, menciona a Silverio Palafox y a Juan Caldés, y otras fuentes confirman que se vincularon a la Obra el 6 de mayo y el 15 de julio de 1948, respectivamente. Según otros datos, también Pedro Zarandona había pedido la admisión, concretamente el 9 de mayo de 1948 (Testimonio de Amadeo de Fuenmayor Champín, nota del 23 de noviembre de 1976, AGP, A.5, 0353-03-07, y nota necrológica de Pedro Zarandona Antón, AGP, serie M.1.4, 148).

25    En sus recuerdos, escritos en 1975 para testimoniar en la causa de beatificación y canonización de san Josemaría, confunde algunos hechos –como él mismo reconoce en una nota– de esa primera convivencia y de los ejercicios espirituales celebrados unos meses más tarde, en la Semana Santa de 1949, también predicados por san Josemaría, de donde saldrían varios supernumerarios más (Testimonio de Amadeo de Fuenmayor Champín, 4 de septiembre de 1975 y nota del 23 de noviembre de 1976, AGP, A.5, 0353-03-07).

26     Diario de la primera semana de convivencia para supernumerarios, Septiembre 1948 (en adelante Diario), [p. 1], AGP, A.2, 0040-03-05. Como las páginas del documento no están numeradas, ponemos su página entre corchetes.

27     Testimonio de Amadeo de Fuenmayor Champín, 4 de septiembre de 1975, AGP, A.5, 0353-03-07.

28    Diario, [p. 4].

29    Diario, [pp. 5-6].

30     Testimonio de Tomás Alvira Alvira (notas de las meditaciones, pp. 16-19; en adelante Notas), 28 de enero de 1976, AGP, A.5, 0193-01-01, p. 19.

31    Diario, [pp. 5-6].

32    Notas, p. 16.

33    Diario, [p. 6].

34    Notas, p. 16.

35    Diario, [p. 6].

36    Diario, [p. 5].

37    Notas, p. 17.

38    Diario, [p. 7].

39    Cfr. Lc 18,35-43.

40     Las notas de Alvira son aquí más extensas: «Hemos de ver si hay hilillos que nos atan; hilillos tenues, sutiles, pero que no nos permiten facilidad de movimientos. Debemos pedirle al Señor que nos permita ver esos obstáculos: ¡Señor, que vea!» (Notas, p. 17). La referencia a esos “hilillos sutiles” se encuentra ya en Camino: nn. 170 y 237.

41    Cfr. Mc 3,1-5.

42    Cfr. Lc 13,11-13.

43    Parece un lapsus: en realidad, el Evangelio dice que «sintió hambre» (Mc 11,12).

44    Cfr. Mc 11,13.

45    Cfr. Mt 21,19.

46    Cfr. Act 12,15.

47    Diario, [p. 8].

48    Banderas «rojas y negras»: por otros textos de su predicación sabemos que identificaba esos colores, a veces precedidos del sustantivo “ola” con el marxismo y con el laicismo, respectivamente.

49    Cfr. Jn 19,15.

50    Alvira detalla que san Josemaría refirió la anécdota que le ocurrió con un conocido suyo ante un mapamundi: «El Padre le hizo ver a un conocido este panorama y él le contestó: y

qué tenemos que ver ni tú ni yo si Cristo ha fracasado. La Redención no ha terminado…» (Notas, p. 17).

51    La metáfora está sacada de las invasiones de los pueblos que acabaron con la civilización del Imperio romano, al final de la Antigüedad. Quizá se estaba refiriendo a la amenaza representada por la expansión de las ideologías materialistas en los años siguientes a la Segunda Guerra mundial.

52    Diario, [pp. 9-10].

53    Josemaría Escrivá, Apuntes íntimos, cit. en AVP, vol. I, p. 381.

54    Notas, p. 17.

55    Diario, [pp.10-11].

56    Notas, p. 17-18.

57    Diario, [p. 12].

58    Diario, [pp. 10-11].

59    Diario, [pp. 13-14].

60    Diario, [pp. 12-13].

61    Diario, [p. 13].

62    Diario, [p. 14].

63    Cfr. Lc 18,9-14.

64    Diario, [pp. 14-15].

65    Notas, p. 18.

66    Cfr. Jn 12,24.

67    Diario, [p. 16].

68    Diario, [p. 16].

69    Cfr. Rom 7,24.

70    Cfr. 1Cor 9,24.

71    Diario, [p. 16].

72    Diario, [p. 15].

73    Diario, [p. 17].

74    Diario, [p. 17].

75    Notas, p. 19.

76     El edificio de la Telefónica, en la Gran Vía de Madrid, era uno de los más altos de la ciudad.

77    Diario, [p. 18].

78    Cfr. nota n. 81 infra.

79    Diario, [pp. 19-20].

80    Diario, [p. 20].

81    Las notas de Alvira sobre las meditaciones terminan el día 30 con unos apuntes sobre la meditación que dio don Pedro Casciaro ese día a las 11, quien también tuvo una plática a las 12.30 sobre las virtudes de Isidoro Zorzano Ledesma (1902-1943), de quien iba a iniciarse el proceso de beatificación. Las siguientes notas se refieren a pláticas, pero sin indicar a qué día corresponden, por lo que no es posible ponerlas en paralelo con seguridad con las anotaciones de Amadeo de Fuenmayor, que reporta pocas cosas de las pláticas y más de las meditaciones.

82    Cfr. Mt 13,25.

83    Diario, [p. 21].

84    Diario, [p. 21].

85    Diario, [p. 22].

86    Diario, [pp. 22-23].

87    Cfr. Act 2,42.

88    Cfr. Act 4,32. Diario, [p. 23].

89    Diario, [p. 19].

90    Diario, [p. 13].

91    Testimonio de Tomás Alvira Alvira, 28 de enero de 1976, AGP, A.5, 0193-01-01, p. 19.

92    Testimonio de Juan Caldés Lizana, 19 de diciembre de 1975, AGP, A.5, 0317-01-05, p. 2.

93    Testimonio de Antonio Ivars Moreno, 30 de julio de 1975, AGP, A.5, 0220-02-07, p. 8.

94    Testimonio de Juan Caldés Lizana, 19 de diciembre de 1975, AGP, A.5, 0317-01-05, p. 1.

95    Testimonio de Antonio Ivars Moreno, 30 de julio de 1975, AGP, A.5, 0220-02-07, p. 7.

96    Cfr. AVP, vol. II, pp. 407-408 y 597.

97    Testimonio de Ángel Santos Ruiz, septiembre de 1975, AGP, A.5, 0245-02-15, p. 9.

98    Testimonio de Mariano Navarro Rubio, 8 de julio de 1975, AGP, A.5, 0232-02-05, p. 5.

99     El repostero y la fuentecilla decorativa hacen referencia a un pasaje de la Escritura (Ps.

103,10) que san Josemaría encontró grabado en su alma durante una experiencia espiritual de 1931, que consignó así en sus Apuntes íntimos: «Ayer almorcé en casa de los Guevara. Estando allí, sin hacer oración, me encontré –como otras veces– diciendo: “Inter medium montium pertransibunt aquae” (Ps. 103,10). Creo que, en estos días, he tenido otras veces en mi boca esas palabras, porque sí, pero no les di importancia. Ayer las dije con tanto relieve, que sentí la coacción de anotarlas: las entendí: son la promesa de que la Obra de Dios vencerá los obstáculos, pasando las aguas de su Apostolado a través de todos los inconvenientes que han de presentarse» (Anotación del 13 de diciembre de 1931, Cuaderno V, nº 476, cit. en Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino. Edición crítico-histórica a cargo de Pedro Rodríguez (en adelante, Camino, ed. crít.-hist.), Madrid, Rialp, 20043; cfr. com. al punto n. 12).

100  Testimonio de Antonio Ivars Moreno, 30 de julio de 1975, AGP, A.5, 0220-02-07, p. 9.

101  Testimonio de Juan Caldés Lizana, 19 de diciembre de 1975, AGP, A.5, 0317-01-05, p. 2.

102  Testimonio de Carlos Verdú Moscardó, julio de 1975, AGP, A.5, 0251-03-10, p. 5.

103   Testimonio de Antonio Ivars Moreno, 30 de julio de 1975, AGP, A.5, 0220-02-07, pp. 9-10.

104  Testimonio de Ángel Santos Ruiz, septiembre de 1975, AGP, A.5, 0245-02-15, p. 9.

105  Testimonio de Manuel Pérez Sánchez, 1 de agosto de 1975, AGP, A.5, 0238-01-04, p. 30.

106  Testimonio de Silverio Palafox Marqués, 25 de julio de 1975, AGP, A.5, 0339-02-02, [p. 5].

107  Testimonio de Pedro Zarandona Antón, 1 de enero de 1977, AGP, A.5, 0353-01-02, p. 1.

108  Diario, [p. 25].

109  San Josemaría la había comenzado a escribir en 1935, por lo que esta Instrucción lleva dos fechas: mayo 1935, septiembre 1950.

110  A lo largo de los años, aumentaría esa proporción. En la actualidad, de los más de 90.000 miembros del Opus Dei alrededor del 70% son supernumerarios.

111   Antonio Fontán, Hermenegildo Altozano Moraleda (1916-1981), en ABC, 15 de septiembre de 1981, p. 4.

112  Cfr. Julio Ponce  Alberca, Hermenegildo Altozano Moraleda. Un gobernador civil monárquico en la Sevilla de Franco, «Andalucía en la Historia» 34 (octubre 2011), pp. 82-87.

113   Ha muerto el general Hermenegildo Altozano Moraleda, en ABC, 13 de septiembre de 1981, p. 12.

114  Cfr. Antonio Vázquez, Tomás Alvira. Una pasión por la familia. Un maestro de la educación, Madrid, Palabra, 1997.

115  Por mencionar algunos nombres: Gerardo Diego, Guillermo Díaz-Plaja, Antonio Millán- Puelles, Rafael Lapesa, Gonzalo Torrente Ballester, Carlos Seco Serrano, Valentín García Yebra, Ángel Hoyos de Castro, Samuel Gili Gaya, los hermanos Manuel y Dimas Fernández Galiano, el Premio Nobel Vicente Aleixandre… (cfr. ibid., p. 210).

116  Más detalles en AVP, II, p. 142.

117  Tanto el padre como el hijo han sido arquitectos vascos bien conocidos en su época. Cfr. Javier González de Durana, La tipología de edificios para oficinas en Bilbao, Bilbao, Dipu- tación Foral de Vizcaya, 1992.

118  Sobre esta iniciativa apostólica, cfr. la monografía de José Luis González Gullón, DYA. La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Madrid, Rialp, 2016.

119  Cfr. José Carlos Martín De la Hoz − Josemaría Revuelta Somalo, Un estudiante en la Residencia DYA. Cartas de Emiliano Amann a su familia (1935-1936), SetD 2 (2008), pp. 299-358.

120  Cfr. Camino ed. crít.-hist., in loc.

121  Testimonio de Emiliano Amann Puente, 3 de septiembre de 1977, AGP, A.5, 0193-01-04, p. 12.

122  Agasajo al Profesor Caldés Lizana, en ABC, 6-12-1956, p. 54.

123  Testimonio de Juan Caldés Lizana, 19 de diciembre de 1975, AGP, A.5, 0317-01-05, p. 2.

124  Entrevista a Juan Caldés, febrero de 1998, en http://entrevistasenmadrid.blogspot.it/2011/09/–juan-caldes-lizana-ex-director-general.html [consultado el 13 de septiembre de 2016].

125   Cfr. María Mérida, Almirante Jesús Fontán Lobé, en Id.,  Testigos de Franco. Retablo íntimo de una dictadura, Esplugues de Llobregat, Plaza & Janés, 1977, p. 55.

126  Cfr. Javier Medina Bayo, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel, Madrid, Rialp, 2012, p. 239.

127  Testimonio de Jesús Fontán Lobé, 6 de agosto de 1975, AGP, A-5, 1244-01-14, [p. 7].

128  Cfr. José Orlandis, Memorias de medio siglo en Aragón, Zaragoza, Colección Biblioteca Aragonesa de Cultura, Caja Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Navarra, 2003, pp. 38 y 101.

129  Cfr. ABC, 12 de agosto de 1966, p. 27.

130  Hipólito Gómez, Los amigos del alma, en El Periódico de Aragón, 8 de abril de 2012.

131  Testimonio de Víctor García Hoz, 15 de julio de 1975, AGP, A.5, 0214-02-03, p. 8.

132  Testimonio de Víctor García Hoz, 15 de julio de 1975, AGP, A.5, 0214-02-03, p. 13.

133  Testimonio de Antonio Ivars Moreno, 30 de julio de 1975, AGP, A.5, 0220-02-07, p. 1.

134  Ibid.

135  Testimonio de Antonio Ivars Moreno, 30 de julio de 1975, AGP, A.5, 0220-02-07, p. 2.

136  Testimonio de Antonio Ivars Moreno, 30 de julio de 1975, AGP, A.5, 0220-02-07, p. 4.

137  Testimonio de Antonio Ivars Moreno, 30 de julio de 1975, AGP, A.5, 0220-02-07, p. 2.

138  Abundantes detalles biográficos en Mariano Navarro Rubio, Mis memorias. Testimonio de una vida política truncada por el “Caso MATESA”, Esplugues de Llobregat, Plaza & Janés, 1991.

139  Alberto Ullastres Calvo (1914-2001) pidió la admisión en el Opus Dei en 1940. Fue catedrático de Economía Política, ministro de Comercio (1957-65) y embajador de España en las Comunidades Europeas. Con Navarro Rubio sería uno de los artífices del cambio económico español y de su progresiva integración en Europa.

140  Testimonio de Mariano Navarro Rubio, 8 de julio de 1975, AGP, A.5, 0232-02-05, p. 4.

141  Las Preces de la Obra son oraciones breves, tomadas de la liturgia; los miembros del Opus Dei las rezan a diario.

142   Fue procesado por el Tribunal Supremo, pero cuando se iba a celebrar el juicio –en el que Mariano Navarro Rubio esperaba demostrar su inocencia–, Franco decidió indultarlo, impidiendo toda defensa de su reputación. Para aclarar los hechos escribió, además de sus memorias, el libro: El caso Matesa: (datos para la historia), Madrid, Dossat, 1979.

143  Testimonio de Silverio Palafox Marqués, 25 de julio de 1975, AGP, A.5, 0339-02-02, [p. 5].

144  Cfr. González Gullón, DYA, pp. 95-96.

145  Testimonio de Ángel Santos Ruiz, septiembre de 1975, AGP, A.5, 0245-02-15, p. 2.

146  Testimonio de Ángel Santos Ruiz, septiembre de 1975, AGP, A.5, 0245-02-15, p. 5.

147  Testimonio de Ángel Santos Ruiz, septiembre de 1975, AGP, A.5, 0245-02-15, p. 4.

148  Cfr. «Anales de la Real Academia Nacional de Farmacia» 71 (2005), pp. 991-1040, donde se recuerda su figura como profesor y maestro, científico e investigador, académico, etc.

149  Testimonio de Carlos Verdú Moscardó, julio de 1975, AGP, A.5, 0251-03-10, p. 2.

150   Testimonio de Carlos Verdú Moscardó, julio de 1975, AGP, A.5, 0251-03-10, p. 3. La anécdota está recordada en varios escritos de san Josemaría. El verso parece provenir del poeta Antonio Machado. Cfr. Alfonso Méndiz, “Cada caminante siga su camino”. Historia y significado de un lema poético en la vida del fundador del Opus Dei, en «Cuadernos del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer» 4 (2000), pp. 31-59, separata de «Anuario de Historia de la Iglesia» 9 (2000), pp. 741-769.

151   Ángel  López-Amo  (1917-1956)  fue  catedrático  de  Derecho  en  varias  universidades españolas.  Fue  profesor  personal  de  Juan  Carlos  de  Borbón,  futuro  rey  de  España. Miembro del Opus Dei desde los primeros años 40, falleció en un accidente de tráfico en Estados Unidos, en 1956. Cfr. Ismael Sánchez Bella  − Alfonso García Gallo − Gonzalo Fernández de la Mora, Ángel López-Amo y Marín, historiador del Derecho y pensador político, Pamplona, Publicaciones del Estudio General de Navarra, 1957.

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