Caso práctico: ¿Cómo afrontar la posible vocación sacerdotal de un hijo?

Marisa y Leandro son un matrimonio que lleva casado 20 años. Leandro es consultor y goza de prestigio en su labor profesional. Ambos son buenos cristianos. Tienen 5 hijos. Bosco, el mayor, de 16 años, está en 1º de Bachillerato, y los demás le siguen a la zaga. Todos están en colegios donde la formación cristiana es esmerada, y también participan en las actividades de tiempo libre en clubes juveniles para familias.

Desde hace algunos meses, Bosco está un poco raro de carácter y menos responsable en los estudios que de costumbre. Marisa le nota como distraído, a veces absorto. «Será la edad» se dice a sí misma. Marisa sospecha que a su hijo le puede estar rondando por la cabeza una vocación de entrega a Dios.

Bosco, desde el curso pasado, se está planteando la vocación sacerdotal. Lo comentó con D. Rafael, el sacerdote encargado de su curso en el colegio y que también se encarga de atender el club juvenil. En primer lugar, D. Rafael intentó serenar a Bosco y le dijo que se centrara en su día a día y que lo irían hablando. Al inicio de 1º de Bachillerato, cuando la idea en Bosco persistía y empezaba a madurar, D. Rafael le propuso que hablara con D. Aniceto, otro capellán del colegio que era el sacerdote de la parroquia de al lado.

Unos meses después, Bosco se sincera con su madre. En la conversación, Marisa procura dar seguridad y paz a su hijo, le pregunta si la decisión sale de él o si alguien se lo ha propuesto, y le dice que tiene todo su apoyo y que rezará por él especialmente. No obstante, por dentro tiene sentimientos encontrados. Por un lado, se alegra de que Dios les regale un hijo sacerdote. Ella recuerda que, siendo muy joven, a los 17 años, haciendo un curso de retiro, se lo pidió a Dios. «¿Me habrá escuchado el Señor?». Por contrapartida, algo en el subconsciente la traiciona un poco: siente cierta inseguridad y teme si habrá alguien que pueda aconsejar bien a su hijo sobre esta cuestión.

«¿Se lo vas a decir a tu padre?», le pregunta Marisa a Bosco. «De momento no, mamá, creo que es mejor esperar. A papá quiero decírselo cuando yo lo tenga más claro. Creo que al principio le costará, y no quiero agitar las cosas antes de tiempo». «¿Y lo hablas con alguien?», le vuelve a preguntar. «Sí mamá. Con el sacerdote del colegio, y también he hablado con D. Aniceto». Marisa se queda tranquila, porque D. Aniceto le cae muy bien y tiene mucho sentido común.

Un par de meses después, Bosco le dice a su madre que D. Aniceto le ha propuesto ir a unas charlas los sábados en las que participan otros chicos con su misma inquietud, encaminadas a ir dando una ayuda y formación adecuada para que puedan responder mejor y en libertad a la posible vocación. A Marisa la parece bien, y acepta hacerle un poco la cobertura a Bosco, pues su marido Leandro todavía no sabe nada. «Más pronto que tarde se lo tendrás que decir. Si no, se va a sentir decepcionado porque no confíes en él. Si en verano quieres ir a la convivencia de sacerdotes y seminaristas, tienes que ir preparando el terreno…». Todo esto le recomendaba Marisa a su hijo.

Finalmente, después de varios meses de llevar dirección espiritual con D. Aniceto, Bosco decide, a la vez que empieza una carrera universitaria, sincerarse con su padre y decirle que quiere ser sacerdote, y que todavía no sabe si llegará a acabar la carrera o no.

Leandro se queda en estado de shock: no lo entiende. No quisiera oponerse, pero tiene una grandísima lucha interior. Está un día entero sin hablar con nadie, y solo le asaltan inconvenientes para que su hijo tome ese camino: lo ve muy joven, piensa que “le han metido” esas ideas en la cabeza porque es un chico muy bueno y de carácter fácilmente manipulable. Además, no conoce otras cosas, nunca ha salido con ninguna chica, etc. Por supuesto que le encantaría tener un hijo sacerdote, pero a Bosco no lo ve ni mucho menos preparado para dar un paso así. Y, desde luego, por lo que a él respecta, no está dispuesto a admitir que no termine la carrera.

Marisa, preocupada por la situación, le pide por favor a su marido que se acerque a hablar con D. Aniceto, a lo que accede a regañadientes.

D. Aniceto recibe a Leandro, y se hace perfectamente cargo de su preocupación. «Yo no me opondré a la voluntad de Dios, pero a Bosco no le veo de cura. No al menos todavía. Es muy inmaduro. La vida sacerdotal exige sacrificios y conlleva mucha soledad. No sé si será capaz de soportarlo. Además, que tan solo se plantee el no acabar la carrera, manifiesta que no sabe muy bien qué hacer… ¡Pero si la Iglesia necesita sacerdotes bien formados!». Esa primera entrevista no serenó la situación.

Bosco sabe que su padre ha ido hablar con D. Aniceto, y que la cosa no debió ir muy bien. D. Aniceto le propone a Bosco que sus padres le inviten a comer a casa. Marisa y Leandro aceptan muy gustosamente. La conversación es cordial y distendida, pero Leandro omite hablar del tema en ese rato. Al acabar, aprovechando que Bosco está con sus hermanos recogiendo la cocina, le manifiesta de nuevo a D. Aniceto sus inquietudes, que intenta responder lo más prudentemente posible.

Se pregunta

¿Cómo afrontar la posible vocación sacerdotal de un hijo y cómo ofrecerle una ayuda y orientación adecuada?

Caso 7. Ficha técnica

D. Aniceto sabe bien que hoy los jóvenes son más inmaduros y que necesitan más tiempo para cuajar. Lo ve a diario en la parroquia y en el colegio. Para levantar su mirada a un horizonte sobrenatural, le dice a Leandro que la vocación sacerdotal es una llamada de Dios, que debe ser respondida libremente, en este caso, por Bosco. La vocación es cosa por tanto entre Dios y Bosco. «Los demás solo le ayudamos y rezamos por él, para que él haga en conciencia lo que tiene que hacer». ¿O acaso Marisa y Leandro no se casaron porque les dio la gana aun cuando no todo el ambiente familiar podría estar de acuerdo? Ellos eligieron libremente, y ahora Bosco debe elegir. Les cuenta un recuerdo de san Josemaría, hablando con unos padres de familia en Bilbao (Gaztelueta, 12-X-1972): “si el Señor escoge de vuestra casa gente para Él, debéis estar muy satisfechos, muy agradecidos. Si un personaje, un jefe de un estado llamara a un hijo vuestro, para tenerlo a su lado y hacer grandes cosas en el país, os pondríais tan contentos… ¡Pues cuánto más agradecidos debéis estar, si el que les llama es Dios! Además —lo he dicho muchas veces—, si el Señor los elige, es porque los habéis preparado vosotros. Si no queréis que Dios llame a vuestros hijos, educadlos para golfos, para sinvergüenzas, para ladrones, para canallas. Dios no los llamará”.

D. Aniceto también les tranquiliza, pues les explica que Bosco va a ir respondiendo a Dios poco a poco, progresivamente. Irá respondiendo bien en tanto en cuanto vaya madurando. Por tanto, la respuesta prudente y adecuada a la relación entre vocación y madurez humana y espiritual, es que no son líneas opuestas o paralelas, sino que se necesitan mutuamente. Para ello, D. Aniceto les explica el largo y exigente proceso de formación del seminario de la diócesis. Bosco será ordenado sacerdote solo si de verdad está preparado para ello. Ahora Bosco da un pequeño paso, no firma ya un compromiso definitivo, el tiempo irá diciendo. Si su vocación es una verdadera llamada divina, permanecerá, y todos le ayudarán a corresponder adecuadamente.

D. Aniceto hace también considerar a los padres, pero especialmente a Leandro, que tengan en cuenta lo que puede estar costando a Bosco dar ese paso de entrega a Dios, fijándose en lo que les está costando a ellos. Entregar a Dios un hijo, entregar a la persona más querida por ellos después del cónyuge, conlleva una generosidad extraordinaria: es una muestra de predilección de Dios no solo con Bosco, sino con toda la familia, para la que deben implorar del Cielo, luces y fuerza. Su hijo no espera de ellos “que se lo pongan fácil”; sino que no le impidan seguir lo que la conciencia de Bosco vaya percibiendo. D. Aniceto recuerda con ellos que el propio san Josemaría les decía a los padres en un encuentro en Lisboa: “Mirad, hijos míos, las mamás sois muy rebuenas, los papás sois majísimos. Tenéis derecho a mirar de tejas abajo, como se dice en mi tierra, las cosas que se refieren al bien de vuestros hijos, y el Señor no se enfada con vosotros por eso. Pero no olvidéis que estáis hilvanando pensamientos que pueden no realizarse. La mamá, apenas le nació un chiquillo, ya piensa que lo casará con fulanita y que harán esto, y aquello. El papá piensa en la carrera o en los negocios en que va a meter al hijo. Cada uno hace su novela, una novela rosa encantadora. Después, la criatura sale lista, sale buena, porque sus padres son buenos, y les dice: esa novela vuestra no me interesa. Y hay dos berrinches colosales. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Tenéis que respetar la libertad de vuestros hijos. Dejad que Dios obre en sus almas. ¡Pues no faltaba más! ¿Qué queréis? ¿Que sean felices? ¿Sí? Pues no os opongáis. Si no desearais la felicidad de vuestros hijos, no seríais buenos padres ni buenas madres de familia. (…) Os digo que no tenéis derecho a quitar la libertad a vuestros hijos, cuando ellos desean una cosa que es buena. Les podéis hacer alguna indicación, pero nada más. Y, desde luego, no ponerles en peligro para su alma. Porque las madres, a veces, sois tan mamás que os creéis que los hijos de treinta años siguen siendo de tres, y los domináis y manejáis, y los lleváis y traéis. ¡Pobrecitos! Vais a hacer de ellos unos desgraciados, unos inválidos, gente que no servirá para nada. Os lleváis un disgusto si se enamoran, otro disgusto si no escogen la carrera que queréis, y otro más si piensan dedicarse a una tarea grande y universal, en servicio de Dios… ¡Todo os disgusta! Es que, en el fondo, vuestro cariño es un poco egoísta. Parece que tenéis un muñeco para jugar, para divertiros. ¿Me perdonáis que os diga estas barbaridades? ¡Pero es verdad! Pensáis en vuestros hijos, para la satisfacción de la novela, para que aquella novela urdida en vuestra imaginación se haga realidad. ¡No es justo!” (Club Xénon, 4-XI-1972).

Respecto a la cuestión de acabar la carrera o no, D. Aniceto les responde en el mismo sentido: es Bosco quien debe decidirlo. D. Aniceto le ha aconsejado que la acabe, que no tenga prisa, que esos años de universidad le ayudarán a crecer en virtudes necesarias para ejercer el sacerdocio en el futuro y para crecer también en la perseverancia en su vida de piedad. No obstante, D. Aniceto también le aconseja que, en cualquier caso, si Bosco considera que debe dejarlo ya todo y dar el paso de presentarse en el seminario, no debe posponerlo y ha de fiarse de Dios. Así hicieron los primeros discípulos en el mar de Galilea, y así sigue sucediendo hoy en día. Dios premia esa generosidad con una madurez y perseverancia especial. Ese fue el caso del mismo D. Aniceto en su juventud.

Por último, respecto al estilo de vida y la aparente soledad del sacerdote, D. Aniceto le dice a Leandro que comprende su inquietud. Igualmente, le dice que es muy difícil no verlo de otra manera por quien no recibe la llamada al sacerdocio y al correspondiente celibato. Pero la vida de un sacerdote no es la vida de un solterón. Cuando un sacerdote vive su vocación en plenitud, cuidando la vida espiritual y acrecentando su celo apostólico, es muy feliz, y Dios le colma de toda necesidad de afecto. Además, el celibato es un don de Dios, Él da la gracia para vivirlo, y la aparente soledad es imaginaria, pues la «soledad» del célibe es una «soledad acompañada». Una elección de vida para entregarse a Dios y a los hermanos por entero.

D. Aniceto también les hace caer en la cuenta de la maravilla de que su papel como padres de Bosco nunca estará concluido. Les narra un consejo que san Josemaría decía a los padres, en una tertulia en Valencia (La Lloma, 19-XI-1972): “no sólo debéis ayudarles a que perseveren, sino a que sean santos. No habéis acabado vuestra tarea. La labor de padre y de madre es algo importantísimo. (…) Tenéis que ayudarles, mientras viváis vosotros y mientras vivan ellos, a que sean santos, sabiendo que en la tierra no seremos santo ninguno. (…) Mientras viváis, seguís siendo lugar de descanso para ellos, aunque dentro, tienen todo el descanso posible en sus manos. Y sois un gran motor espiritual que les manda fortaleza de Dios para luchar, para vencer, para ser santos”.

En cualquier caso, lo que más tranquilizó a Leandro y Marisa fue la explicación que D. Aniceto les dio de las asociaciones o agrupaciones de sacerdotes que procuran vivir entre ellos una fraternidad especial para ayudarse en su vida y vocación. D. Aniceto les explicó que precisamente san Josemaría abrió en el Opus Dei un camino para los sacerdotes diocesanos al ver la vida difícil de muchos hermanos suyos. Y les explicó el ambiente que existe, por ejemplo, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: el espíritu de la Obra, además de ser una ayuda maravillosa para la vida espiritual y para alentar el deseo de ser sacerdotes santos, les da una verdadera familia a la cual pertenecer, y un lugar concreto donde vivir una sincera fraternidad con otros sacerdotes especialmente dedicados a su formación y cuidados. D. Aniceto les aseguró que entre los sacerdotes hay una lealtad y un cuidado mutuo muy grandes: que nadie vive y muere más acompañado que un sacerdote por sus hermanos. Leandro y Marisa se quedaron muy tranquilos y confortados oyendo todo esto, con la seguridad de que Bosco nunca se sentiría solo.

AA.VV.

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