Tema 2: Libertad

Libertad.

Tomado de varios relatos sobre el secuestro de Bosco Gutiérrez. Un caso real que plantea la cuestión.

El siglo XX ha sido el de las dictaduras de todos los colores y, sin embargo, ninguna de ellas ha eliminado el libre albedrío de quienes se han empeñado en hacerles frente. Desde Solzhenitsin en la Unión Soviética hasta Václav Havel en Checoslovaquia, pasando por Walesa en Polonia o Edith Stein en Alemania, o Gandhi, Martin Luther King, Mandela… ni la muerte es capaz de doblegar al ser humano verdaderamente libre.

Bosco Gutiérrez, es un arquitecto mexicano que fue secuestrado y permaneció recluido casi un año en una celda de plástico de tres metros cuadrados. Del relato que hace de su secuestro impresiona vivamente un episodio, de apariencia menor, que sin embargo marcó un antes y un después.

A los 15 días de su secuestro, Bosco Gutiérrez había caído en depresión. Permanecía tirado en el suelo, completamente desnudo, rodeado de heces. Los secuestradores se dieron cuenta de que perdían a su mercancía. Por eso, aprovechando que era el día de la independencia nacional, uno de los secuestradores entró en el zulo y le escribió en un papel: «Hoy es 15 de septiembre. «¡Viva México!» : hoy puedes tomar lo que quieras» y Bosco responde «ok, pues entonces me vas a traer un vaso largo, y me lo vas a llenar de whisky hasta arriba y me lo traes con un solo hielo grande, pero lo quiero hasta arriba».

Ya había puesto todas sus esperanzas en ese whisky: le iba a purificar una herida que tenía en la boca, que no cicatrizaba y le limpiaría por dentro. Esperando al whisky solo repetía: «Por favor, Dios mío que sea verdad lo del whisky, que sea verdad, que sea verdad» Y, de pronto se abrió la puerta y le dejaron un vaso alto, de vidrio, lleno hasta arriba de whisky y como él pidió. Bosco, arrastrándose, se lo lleva a su rincón. Se pasó el vaso por los labios y por la cara y empujaba el hielo hasta el fondo y el hielo volvia a subir y lo volía a empujar y volvía a subir y otra vez se lo pasaba por los labios.

De pronto nota una voz dentro de él que le dice: «ofréceme el whisky». Y Bosco: «¿Qué dices?… ¡el whisky no!. Dios mío, te ofrezco…. te ofrezco mi secuestro». Volvió a oir: «Pero tu secuestro no lo has escogido tu… tiene que ser algo que puedas escoger tu, venga, ofréceme el whisky». Y Bosco: -«Pero Te ofrezco no ver a mi familia» -«Eso tampoco lo has escogido tu…».

Bosco se levantó y tiró el whisky por el váter y se quedó en el suelo, sentado temblando por lo que acababa de hacer, y cayó dormido. Cuando despertó se dio cuenta de que algo tenía que valer, si había sido capaz de tirar el whisky. Era lo que necesitaba. Había experimentado que, incluso secuestrado, era libre. Él lo explica así: «El gesto de tirar el whisky me reveló que seguía siendo libre». Nueve meses después, en una forma física excepcional y con una lucidez extraordinaria, calculó su fuga y escapó. La fina línea entre la esclavitud y la libertad la marcó un gesto, un simple gesto realizado en completa soledad.

 

Breves apuntes para una reflexión.

 

Nuestra vida siempre cuenta con esta maravillosa posibilidad: la de hacer de lo que nos quitan (lo que nos quita la vida misma, las circunstancias o los demás) algo que ofrecer libremente.

Exteriormente no se aprecia ninguna diferencia, pero en el interior todo queda transfigurado: el destino se convierte en una elección libre, la violencia en amor, la pérdida en fecundidad.

La libertad humana posee una grandeza increíble. Gracias a ella, el ser humano no tiene el poder de cambiar cuanto le rodea, pero sí que dispone (lo cual es mucho mejor) de la capacidad de otorgarle un sentido a todo, ¡incluso a lo que carece de él! Aunque no siempre seamos dueños del transcurrir de nuestra vida, sí lo somos del sentido que le damos.

Gracias a nuestra libertad, no existe ningún acontecimiento (se trate del que se trate) que no pueda recibir un significado positivo y ser expresión de amor, o transformarse en abandono, en confianza, en esperanza o en ofrenda… Los actos más importantes y fecundos de nuestra libertad no son aquellos mediante los cuales transformamos el mundo exterior, sino aquellos mediante los cuales modificamos nuestra propia actitud interior para concederle un sentido positivo a algo, recurriendo en última instancia a la fe, por la que sabemos que de cualquier cosa sin excepción Dios puede obtener un bien.

He aquí una veta inagotable, una riqueza ilimitada que explotar y que elimina de nuestra existencia cuanto hay de negativo, de banal o de indiferente, porque todo adquiere un sentido: lo positivo acaba siendo motivo de alegría y acción de gracias; lo negativo, ocasión de abandono, de fe y de ofrenda: todo se transforma en gracia. Deberíamos dar muchas gracias a Dios por el valioso don de la libertad.

 

Objetivo de la lección: a qué 2-3 preguntas guía quiere dar respuesta esta sesión.

 

En el lenguaje común todos entendemos por libertad el «poder hacer lo que uno quiere, lo que a uno le gusta o desea». Pensar esta frase ya pone en evidencia que libertad se usa en varios sentidos distintos: ponerlos de manifiesto.

Para una parte de la gente eso se traduce en vivir de una manera no comprometida, no vinculada por nadie (relaciones con otras personas) ni por nada (ley moral), siempre abierta a todas las posibilidades de elección a condición solamente de «sentirse libre». En cambio los cristianos entendemos que la libertad no queda mermada ni por la ley moral ni por los vínculos que se han asumido. La verdad acerca del bien (ley moral) es un indicador de dirección de nuestras acciones, no todas «dan lo mismo». El pensamiento cristiano entiende que la libertad es una propiedad de nuestra voluntad, que puede elegir la acción buena sin estar determinada en su elección más que por sí misma. La persona libre no es meramente aquella «que hace lo que le da la gana», sino aquella que lo hace «porque le da la gana».

 

¿Qué enseña el caso práctico?: la libertad es la capacidad de elegir sin estar determinado en esa elección más que por uno mismo.

 

Un borrador de ideas para esa lección.

 

«Los problemas humanos más debatidos y resueltos de manera diversa en la reflexión moral contemporánea se relacionan, aunque sea de modo distinto, con un problema crucial: la libertad del hombre» (San Juan Pablo II, Enc, Veritatis splendor, n. 31). El sentido de esta lección es brindar una guía para comprender mejor qué es la libertad.

La libertad humana es una realidad profunda y compleja. Corresponde principalmente a la antropología filosófica y a la metafísica aclarar los múltiples aspectos teóricos de la noción de libertad. Aquí nos limitamos a esbozar aquellas dimensiones de la libertad que atañen a la vida moral.

Para empezar conviene acordarse siempre de que el concepto de libertad admite al menos tres significados diferentes:

1) Se habla de libertad para referirse a la ausencia de restricciones o de coacción. Esta libertad de coacción significa que el sujeto no está obligado o impedido en su actuar por agentes externos. No tienen esta libertad el esclavo, el prisionero y aquellos a los que una ley o la fuerza de otros impide expresarse o hacer lo que querrían. Es una libertad que se refiere principalmente a poder realizar externamente lo que se quiere hacer.

2) La libertad tiene también otra vertiente que es la libertad de elección, llamada “libre albedrío” por la filosofía clásica o también libertad psicológica. Es propiamente la libertad de querer, la capacidad de elegir uno mismo qué quiere hacer, sin que una necesidad interna le obligue a tomar una decisión u otra. Gracias a la libertad psicológica la persona es causa y principio de los propios actos (Aristóteles), dueño de las propias acciones (Santo Tomás). Hoy dia algunos sostienen (p.e. la corriente transhumanista) que

la libertad de elección es solo aparente porque todo nuestro comportamiento es mera consecuencia de alguna necesidad interna (de base hormonal, o de circuitos neuronales, o de condicionamientos aprendidos, etc.); de forma que el llamado «control voluntario» de nuestras acciones no es más que una ilusión. Esto equivale a decir la persona actúa siempre por motivos ajenos a su voluntad, y por tanto no elige, sino que esos condicionamientos se lo dan todo ya elegido, aunque él no lo sepa reconocer. La crítica a esta postura no corresponde aquí hacerla1.

3) Un tercer sentido de la libertad de la persona hace referencia más bien a la capacidad para actuar sin verse arrastrado por los propios impulsos desordenados. Podríamos decir que es la libertad del pecado y de la miseria moral. Esta representa la perfección ética de la libertad psicológica, su consolidación en el bien mediante la virtud, que es el fin propio de la educación moral. En la formación de este tercer significado de la libertad ha tenido un influjo decisivo el cristianismo, que la ve como el fruto de la colaboración entre la libertad (psicológica) humana y la gracia de Dios.

Siendo útiles estas distinciones, todavía no evidencian el «para qué» de la libertad humana. Es decir, el sentido que tiene esa capacidad de nuestra voluntad de no estar determinada en su elección del bien (real o aparente) más que por ella misma. Esta es una cuestión muy importante, y cuya respuesta da lugar a versiones bastante diferentes de cómo se construye una vida humana feliz. Para una parte de la gente la libertad no tiene otro fin que ella misma, de tal modo que cualquier acción es buena a condición de haber sido decidida y realizada libremente, «nadie tiene que decirme qué tengo que hacer». La comprensión de la ética clásica y del cristianismo es, en cambio, bastante distinta. Hemos de ser libres para elegir lo que haremos, desde luego, pero no somos libres para hacer que lo que elegimos sea moralmente bueno o malo.

La persona libre es aquella que “se conduce a sí misma” hacia lo que desea. Ese “conducirse a sí mismo” plantea ineludiblemente la cuestión de la meta propuesta, es decir, del “para qué” de la libertad. La “libertad-de” suscita el tema de la “libertad-para” y, por tanto, del bien humano que debe afirmarse y del mal que debe negarse. La cuestión es esta: que podemos elegir libremente el bien o el mal. Esto quiere decir que podemos conocer, antes de elegir, qué fines y acciones son buenos o malos. La persona es capaz de conocer lo bueno y lo malo (acciones prohibidas o acciones permitidas) precisamente gracias a la ley moral (la ley natural, los mandamientos, la gracia, como veremos en la lección correspondiente).

Lo que se está diciendo es que existe un íntimo nexo entre la libertad y la verdad, entre la libre elección y la ley moral. Esta ley consiste en verdades destinadas a ayudar a las personas a hacer buenas elecciones morales, y de este modo a realizarse verdaderamente como personas. La libertad es esa capacidad de nuestra voluntad de elegir el bien porque me da la gana, desde sí mismo.

 1 Para este complejo tema se sugiere tan solo una referencia, aunque pueden encontrarse otras muchas tanto a favor de la tesis determinista como a favor del libre albedrío.

La referencia que ahora señalamos es especialmente valiosa por el completo estudio que hace el autor, muy equilibrado en todos sus análisis. Nos referimos a Sanguineti, Juan José, Libertad, en Fernández Labastida, Francisco – Mercado, Juan Andrés (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line:

http://www.philosophica.info/archivo/2019/voces/libertad/Libertad.html
Se sugiere especialmente el Apartado n. 5. Libertad y neurociencia (interesantes las consideraciones del autor sobre el experimento de Libet).

El autor trae un Apartado n. 7. Recursos on-line, con otras fuentes de consulta para quienes tengan interés en profundizar en esta materia.

Bosco Gutiérrez.
Testimonio de un secuestro terrorista
30 oct. 2007
Bosco Gutiérrez es un arquitecto Mexicano que nos cuenta su experiencia de 9 meses de secuestro por un grupo terrorista y como pudo sobrevivir gracias a su fe.

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