Tema 1: Felicidad, fin último, hedonismo

Caso planteado.

Tomado de una conferencia del Prof. Rodríguez Luño a profesores de Teología.

Hace más de treinta años vino a la iglesia donde yo trabajaba una señora ya entrada en años que quería hablar con un sacerdote. Con bastantes lágrimas comenzó una narración que ahora resumo. Ella y su marido, cuando se casaron, vivieron con el propósito de alcanzar una buena posición económica y de ascender en la escala profesional y social. Trabajaron muchísimo, se privaron de tiempos para el descanso, la cultura, el teatro, etc., y tuvieron un solo hijo. No me dijo que la escasa descendencia se debiese a haber seguido un comportamiento inmoral en el matrimonio. La impresión era que fundamentalmente tenían la cabeza puesta en otras cosas. Cuando su hijo acabó la carrera universitaria, y aprobó una buena oposición, le regalaron una moto, con la que un día se estrelló y murió. A la muerte del hijo siguió un grave conflicto entre marido y mujer, porque cada uno atribuía al otro la responsabilidad de haberle hecho el regalo que resultó fatal.

Pero lo que hizo entrar en crisis a esta mujer era el pensamiento de haberse equivocado en el rumbo que había dado a su vida. Ahora ella y su marido estaban solos, sin hijos y sin nietos, se habían privado de periodos de descanso, no habían cultivado su afición a la lectura y al teatro, y al final lo único que habían conseguido, además de aportar valor económico a la empresa en la que trabajaban, era tener una jubilación de unos cientos de euros más que sus compañeros de trabajo, que en cambio vivían felices rodeados por sus hijos y nietos, y que habían cultivado aficiones culturales que habían hecho de su vida algo mucho más pleno. Si volviese a ser joven, me decía aquella mujer, plantearía mi vida de un modo muy diferente.

Y entonces formuló una pregunta que me hizo pensar mucho. Me dijo: ustedes los sacerdotes, ¿no podían ayudar a las chicas jóvenes recién casadas para que no cometan el mismo error que he cometido yo, y del que solo me doy cuenta ahora, cuando ya es demasiado tarde para remediarlo? Y como yo le había dicho que soy profesor de moral, añadió: ¿no podían ustedes escribir libros que permitiesen a la gente joven separarse un poquito de las necesidades inmediatas, para pensar en el bien de la totalidad de su vida, de modo que no tengan que arrepentirse del tipo de vida elegido cuando ya son mayores y no se puede volver atrás?

Mi respuesta fue más o menos la siguiente: en esto tiene usted toda la razón, los libros de moral deberían enseñar a planear la propia vida de forma que cuando se llega a la madurez no haya que arrepentirse no digo de tal o cual acción concreta, porque los pequeños errores son inevitables, sino del rumbo que se ha dado globalmente a la propia existencia. Y añadí: pero me temo que, por desgracia, si va a usted a una librería, los libros de moral que encontrará no servirán para que los jóvenes puedan orientar su vida satisfactoriamente.

Y continué: si en vez de leer un libro de moral habla usted con un sacerdote, es muy probable que le pregunte si cumplió o no un conjunto de normas, acerca de la vida matrimonial por ejemplo, o bien que le pregunte si hizo siempre lo que su conciencia le decía, si obró siempre en buena fe. Si usted responde que sí, si responde que obró en buena fe, quizá el sacerdote no tenga nada más que decirle.

Discusión y notas para una reflexión.

 

Este ejemplo nos enseña que lo que está en primer lugar es «la vida moral» de las personas. En su juventud, esta mujer no deseaba ser desgraciada. Su vida tenía, como la de todos nosotros, un motor, que era el deseo natural de ser feliz, de vivir una vida llena de bien y de satisfacción. Como era practicante, esa vida plena comprendía el deseo de vivir cerca del Señor y de contar siempre con la ayuda de la gracia. Ese deseo fundamental se debe ir concretando día a día en finalidades alcanzables, y para ello es necesario que busque medios para realizar de modo concreto y progresivo lo que se desea.

En la vida moral el «No» tiene su fundamento y se ordena a un «». De poco sirvió a la mujer de nuestro ejemplo saber que lo que hizo le era permitido por su conciencia. Lo que en realidad necesitaba era conocer cuál era el tipo concreto de vida que correspondía a lo que en el fondo deseaba, un tipo de vida del que no tendría que arrepentirse al llegar a la madurez.

La mujer de nuestra historia seguramente se confesó muchas veces, pero los que la atendieron fijaron su atención solamente en si hacía lo que era obligatorio y evitaba lo que estaba prohibido, pero no la hicieron reflexionar sobre los criterios con los que estaba gobernando su vida. Quizá pensaron que eso era el área de su legítima libertad, y es verdad, pero lo que no es verdad es que la moral sea algo externo a la legítima libertad. La moral no es coacción ni límite de la libertad, es su intrínseca dirección, y por eso es verdad que donde hay libertad hay moral, y no es verdad en cambio que la libertad empieza allí donde acaba la moral.

El saber moral, si está rectamente planteado y desarrollado, no es una instancia externa y general que se impone desde fuera a la persona, sino una reflexión ordenada y orgánica sobre el autogobierno de la libertad. El saber moral tiene una estructura reflexiva. Primero viene la vida moral, después el saber moral como reflexión sobre la experiencia moral. Pensemos en la mujer a la que me he referido antes. Ella, como también nosotros, pensó muchas veces qué le convenía hacer, trazó sus planes, proyectó su vida, decidió casarse, pensó que le convenía entregarse de lleno al trabajo, consideró que no era importante tener más hijos, etc. Con el paso del tiempo, ella misma, y no alguien desde fuera, se dio cuenta de que se había equivocado, y comenzó a decirse a sí misma que, si fuese posible volver atrás, daría a la propia vida un rumbo bastante diferente. La experiencia del arrepentimiento hizo ver a aquella mujer que hubiera sido muy bueno que alguien la hubiera ayudado a reflexionar sobre los razonamientos interiores que precedieron y prepararon sus decisiones. Ello le hubiera permitido controlarlos críticamente en todos su pasos, descubrir los errores que se introdujeron en ellos y la llevaron a equivocarse. La ayuda que esta mujer no tuvo se la debería haber dado el saber moral, la ética.

La ética, en efecto, no es otra cosa que una reflexión que trata de objetivar nuestras deliberaciones interiores, examinándolas con la mayor objetividad posible, controlando críticamente nuestras inferencias, valorando las experiencias pasadas y tratando de prever las consecuencias que un determinado comportamiento puede tener para nosotros y para los que nos rodean. La ética es, por tanto, una reflexión que nace en el ámbito de la experiencia moral de un sujeto libre, revisa críticamente las deliberaciones, juicios y decisiones que todos tomamos, y sus hallazgos se proponen a la misma experiencia moral de la que han surgido. Digo que se proponen, y no que se imponen, porque la reflexión ética no tiene otra fuerza que la de la evidencia mayor o menor de lo que nos dice acerca de nuestro bien.

 

Objetivo de esta sesión: a qué cuestiones quiere dar respuesta.

 

Cuando oímos hablar de moral se piensa enseguida en normas y prohibiciones. Pero en realidad la moral es mucho más. Nació con la pregunta sobre qué hace feliz a un ser humano y en qué consiste ser feliz. ¿Cómo hay que vivir para no tener que arrepentirse de las opciones que uno ha hecho, cuando quizá ya no tengan rectificación? ¿Cómo hay que vivir para que la felicidad no dependa de la suerte en los negocios, o de la propia salud, etc.?

La ética se originó históricamente con la pregunta de si la propia vida considerada globalmente, como un todo, tiene un fin, un propósito; y, si existe, cuál es y cómo alcanzarlo. Explicar la noción de fin global de la vida (fin último, es decir que se desea por sí mismo, no en vista de otra cosa), de vida lograda. A partir de ahí, explicar qué hace feliz a un ser humano y en qué consiste ser feliz. La pregunta originante de la ética es “si todos desean ser felices, ¿qué hace feliz, dichosa, lograda, una vida?; ¿cómo hay que vivir para no tener que arrepentirse de la vida que uno ha vivido, aunque los negocios (o la salud, la suerte, etc.) no hayan ido bien?”. La moral enseña a ser feliz: es el arte de ser feliz.

Algunas respuestas que históricamente se han dado. La felicidad no es otra cosa que un conjunto de tendencias satisfechas (hedonismo): un estado psicológico de vivencias de placer. Crítica de esta postura.

La felicidad estriba en ser un tipo de persona, en un modo de ser persona: una persona virtuosa. La felicidad no consiste en darse la buena vida sino en conducir una vida buena.

¿Qué preguntas han de estar en condiciones de responder los alumnos tras asistir a esa sesión?

 

¿Qué significa que nuestra vida tiene un fin último? ¿Cómo se conoce ese fin último? Y ese fin último, ¿es el mismo para todos?

Las cosas (dinero, éxito, bienes, salud, familia, sexo, etc.) parece que dan siempre menos de lo que prometen dar. Uno piensa que será feliz cuando tenga tal o cual cosa, y una vez la tiene ha de reconocer que “no era eso exactamente lo que quería”. ¿Qué es lo que queremos cuando queremos algo? ”Eso” que buscamos,   ¿es la felicidad? Porque entonces tal vez habría que concluir que la felicidad no existe…

La felicidad, ¿es un tema importante para la ética? Porque generalmente se piensa que la moral es cumplir unas normas y prohibiciones, tanto si gustan como si no.

¿”Hacer el bien” y “pasárselo bien” coinciden, son equivalentes?

El sufrimiento, ¿es un obstáculo para la vida feliz?

¿Qué opinar de la frase “el cielo es para aquellos que han sabido ser felices en la tierra”?

¿Tienen algo que ver la virtud y la felicidad?

 

¿Qué enseña el caso práctico?: El tema de la moral es el sentido de la vida, más allá de normas y prohibiciones.

Contenidos relacionados