Desde casa haciendo mi Retiro de marzo 2020

Índice del contenido

1. Para empezar el retiro
2. Primera meditación
3. Lectura
4. Evangelio
5. Santo Rosario
6. Examen
7. Segunda meditación
8. Santa Misa o Comunión espiritual

 1. Para empezar el retiro

 

¿Quién ha dicho que no puedo hacer mi propio retiro desde casa? Es importante que en estas circunstancias tan excepcionales, también me encuentre con el Señor. Esta situación que vivimos no es precisamente habitual ni ordinaria pero San Josemaría nos enseñó a ver en todo la mano amorosa de Dios, que aun de los males puede sacar bienes. Aunque no pueda estar con las demás, ni acudir al centro, puedo hacer mi retiro desde casa para preparar la fiesta del 19 de marzo, San José.

Vamos a pedirle especialmente a San José «la gracia de una fidelidad a nuestros compromisos de cristianos que desean cumplir siempre y en todo la amabilísima Voluntad de Dios». Vamos a pedir por la fidelidad de todos y de todas, también en estos momentos un poco surrealistas que estamos viviendo.

Pero este tiempo de aparente inacción también es una oportunidad para aprovechar el tiempo y estar unidos a los que lo pasan peor con nuestra oración solidaria. Como nos ha pedido el Papa recientemente, os invito«a vivir este difícil momento con la fuerza de la fe, la certeza de la esperanza y el fervor de la caridad» (Francisco, 8-III-2020)

Podemos fijarnos en cómo san Josemaría vivió una situación similar de aislamiento, en abril de 1937, aunque mucho más dramática. Por la guerra civil española se vio obligado a refugiarse en la Legación de Honduras, en Madrid. En aquella casa permaneció, junto con cuatro jóvenes del Opus Dei y su hermano Santiago, cuatro largos meses, compartiendo un solo baño y varias colchonetas distribuidas en pocos metros cuadrados con casi un centenar de personas.

Eduardo Alastrué, uno de los presentes, describía el ambiente: “Algunos pasaban el tiempo rumiando en silencio su desaliento y su desdicha; otros se desahogaban comentando con amargura las desventuras presentes y pasadas; otros lamentaban sin descanso sus desventuras familiares, su carrera o su negocio perdidos, o su futuro incierto y amenazado. A estos sentimientos se mezclaba el miedo despertado por los sufrimientos y persecuciones pasadas, miedo que hacía considerar el mundo exterior a nuestro  asilo  como  un  ambiente  inhabitable.  En  algunos  casos,  se asociaba a este miedo el odio hacia los adversarios, odio impotente por el momento, pero que esperaba satisfacerse algún día en la revancha”. En cambio, el clima que San Josemaría creó en torno a sí fue positivo y esperanzador. Para tener bien ocupado el día, estableció un horario, en el que había lugar para el trato con Dios, el estudio, el aprendizaje de idiomas y la convivencia familiar.

“¡Mi vida es ahora tan monótona!, decía a los que le acompañaban en una meditación de julio. ¿Cómo conseguiré que fructifiquen los dones de Dios en este forzoso descanso? No olvides que puedes ser como los volcanes cubiertos de nieve (…). Por fuera, sí, te podrá cubrir el hielo de la monotonía, de la obscuridad; parecerás exteriormente como atado. Pero, por dentro, no cesará de abrasarte el fuego, ni te cansarás de compensar la carencia de acción externa, con una actividad interior muy intensa (…)”.

Y en una carta escrita un año después a los del Opus Dei que estaban dispersos por el conflicto, sugería el modo de hacerlo: cuidando la vida interior.

En el punto 294 de Camino recogió esta experiencia en un punto:
“No se veían las plantas cubiertas por la nieve. _Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: “ahora crecen para adentro”.

—Pensé en ti: en tu forzosa inactividad…
—Dime: ¿creces también para adentro?”.

 

Oración a Nuestra Señora de la Vocación

 

Señora de la Vocación, sembradora de vocaciones, medianera de la gracia de la Vocación, modelo perfecto vocacional, alcánzame la gracia de conocer bien mi propia vocación, de descubrir toda su grandeza y hermosura, y de valorar el don divino de ser llamado.

Ayúdame a conseguir ese vacío interior de mí mismo con la entera disponibilidad requerida para seguir la vocación, cómo tú la tuviste.

Señora y Madre de la Vocación; tú, que cuidas el desarrollo del Cuerpo de tu Hijo, sé sembradora de vocaciones; despierta en las almas juveniles la fervorosa acogida a la divina llamada, y acompaña el desarrollo de toda vocación con tu cálida protección maternal. Para gozo de la Santa Iglesia y de tu Hijo, Jesús.

2. Primera meditación: San José “Historia de un soñador”, por don Lucas Buch

 

La vida de José no fue fácil…pero eso no le quitó el sueño. Aún más: soñar le ayudó a tomar parte en la aventura más increíble que ha vivido la humanidad. El nacimiento del Verbo de Dios.

Puedes escuchar la meditación en este enlace:
https://soundcloud.com/laparroquiadelagavia/historia-de-un-sonador-san-jose

 

Lo importante es que mientras escuchas, te  dirijas personalmente alSeñor y entres en un diálogo con Él. Si hace falta, vete parando el audio.

3. Lectura: Amados, llamados, enviados. Sentido de misión.

 

Puedes escuchar la lectura en este enlace o bien, leerla
https://soundcloud.com/opusdei/para-mi-vivir-es-cristo-mision-amor-dios

 

Hay una escena en los primeros capítulos del libro de los Hechos que noha perdido un ápice de fuerza. Después de haber sido encarcelados, los apóstoles son milagrosamente liberados por un ángel y, en lugar de huir de las autoridades, vuelven al templo a predicar. De nuevo, son arrestados y conducidos ante los príncipes de los sacerdotes. Estos, sorprendidos de lo que ven, les preguntan: «¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?». Los apóstoles, lejos de arredrarse, responden: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,28-29).

Los primeros cristianos heredaron esa profunda convicción. El libro de los Hechos recoge múltiples ejemplos, y la historia de los primeros siglos del cristianismo es suficientemente elocuente. Con la naturalidad de lo auténtico, una y otra vez nos encontramos con la misma necesidad:«nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído»(Hch 4,20). Los creyentes son capaces de afrontar castigos, e incluso lamuerte, sin perder la alegría. Hay algo en su corazón que les hace felices, una plenitud y una Vida que ni siquiera la muerte puede quitarles, y que no pueden dejar de compartir. Para nosotros, que hemos llegado a la Iglesia mucho tiempo después, surge clara una pregunta: ¿Es todo eso algo propio del pasado? ¿o deberíamos vivir nosotros algo parecido?

La actualidad de la llamada

Quizá nos parece que entre nosotros y aquellos primeros cristianos hay un abismo, que ellos poseían un grado de santidad que jamás podremos alcanzar, que la cercanía física con Jesucristo (o al menos con alguno de los Doce) les hizo poco menos que impecables y les llenó de un encendimiento que nada ni nadie podía apagar. En realidad, basta abrir el Evangelio para darnos cuenta de que no es así. NO PODEMOS DEJAR DE HABLAR DE LO QUE HEMOS VISTO Y OÍDO (HCH 4,20)
Muchas veces los apóstoles se presentan como hombres con miserias: tanto como nosotros. Por otra parte, no tienen una especial preparación intelectual. Jesús envía a los primeros setenta y dos cuando llevan apenas unas pocas semanas con Él… (cfr. Lc 10,1 – 12). Sin embargo, los fieles de la primera Iglesia tienen muy clara una cosa: que Jesucristo, el Señor, ha muerto y ha resucitado por cada uno de ellos, que les ha entregado el Don del Espíritu Santo y que con ellos cuenta para que esa Salvación llegue al mundo entero. No es cuestión de preparación, ni de tener unas condiciones excepcionales para el apostolado; se trata sencillamente de acoger la llamada de Cristo, de abrirse a su Don y de corresponder con la propia vida. Tal vez por eso el Papa Francisco ha querido recordarnos, con palabras de san Pablo, que «a cada uno de nosotros el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef 1,4)»[1].

La Iglesia de todos los tiempos es consciente de haber recibido de Cristo una llamada y, con ella, una tarea; es más, ella misma es esa llamada y es esa tarea: la Iglesia «es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre»[2]. No se trata de un hermoso deseo, o de una empresa humana, sino que su «misión continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo»[3]. En otras palabras, la Iglesia –y, en ella, cada uno de sus fieles– es continuación de la misión de Cristo, que fue enviado a la tierra para hacer presente y llevar a consumación el Amor de Dios por sus criaturas. Y eso es posible porque el Señor le envió –y nos envía– al Espíritu Santo, que es el principio de ese mismo Amor.Así pues, también nosotros somos fruto de una llamada, y nuestra vidaconsiste en una tarea en el mundo y para el mundo. Nuestra vida espiritual y la idea que tenemos del apostolado cambian cuando las consideramos en esta perspectiva. El Señor nos ha buscado y nos envía al mundo para compartir con todos la Salvación que hemos recibido.«“Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” Esto ha dichoJesús… y te lo ha dicho a ti»[4]. A mí: a cada una y a cada uno. En la presencia de Dios, podemos considerar: «Soy cristiano porque Dios me ha llamado y me ha enviado…». Y desde el fondo del corazón, movidos por la fuerza de su Espíritu, contestaremos con las palabras del Salmo:«¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (cfr. Sal 40,8-9) La experiencia de un mandato imperativo

Durante los años cincuenta, cuando viajaba por Europa para visitar a los primeros fieles del Opus Dei que habían marchado a distintos países para poner en marcha la labor apostólica de la Obra, san Josemaría «dirigía a menudo la oración de la tarde de quienes le acompañaban, haciéndoles considerar el texto evangélico en que el Señor dice a los apóstoles: Os he elegido para que vayáis…, ut eatis»[5]. Era como un estribillo. Procuraba que las palabras de Jesús resonaran en los corazones de quienes tenía cerca. Así procuraba que se reafirmaran en la verdad que daba sentido a su vida y que mantuvieran vivo el sentido de misión que ponía en movimiento su entera existencia: « No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16).

LA LLAMADA DEL SEÑOR SIGUE RESONANDO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS, EN EL CORAZÓN DE CADA CREYENTE

Hemos leído –y hemos escuchado– muchas historias de las primeras personas que siguieron al Señor en el Opus Dei: el primer círculo, en el asilo de Porta Coeli; la primera Residencia, en la calle Ferraz; la intensa vida de familia que San Josemaría procuró cultivar durante los años dramáticos de la Guerra Civil; la primera expansión por España; la llegada a Roma; la rápida expansión por todo el mundo… Aquellos jóvenes –y no tan jóvenes– seguían al Fundador conscientes de estar siguiendo una auténtica llamada de Dios. A través de la Obra, habían encontrado a Jesucristo y habían descubierto un tesoro por el que valía la pena dar la vida entera: el Amor de Cristo, la misión de llevar ese Amor al mundo entero, de acercar a muchas personas a su calor, de encender los corazones en ese fuego divino. No necesitaban que nadie se lo recordase: les urgía extender el incendio. Es muy comprensible: «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión»[6].Unos eran jóvenes y entusiastas, otros, quizás más fríos y racionales;pero todos estaban convencidos de que, detrás de aquel joven sacerdote y de la obra que tenía entre manos, había un querer explícito de Dios. Por eso fueron capaces de seguir la invitación del Señor, dejar todas las cosas y seguirle. Habían experimentado aquello que san Josemaría les repetía:«No olvidéis hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas,para hacer una cosa buena. Esto es mucho… pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[7]. Y, como seguían a Jesús con plena libertad, aquel mandato no les pesaba. Al contrario. Es lo que también les repetía el Fundador: «Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[8]. No necesitaban que nadie les glosara el sentido de estas palabras: lo vivían.

No hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!

Contemplar las historias de los comienzos no nos deja indiferentes. Han pasado muchos siglos desde la predicación apostólica. No han pasado aún cien años desde la Fundación de la Obra. Toda la historia de la Iglesia nos permite comprender que la llamada del Señor sigue resonando a través de los siglos, en el corazón de cada creyente –en el nuestro–. El Amor se ha presentado en nuestra vida, hemos sido alcanzados por Cristo (cfr. Flp 3,12): a cada una y a cada uno nos corresponde abrazar ese Amor y dejar que nuestras vidas sean transformadas por Él. Una cosa va unida a la otra. Cuanto más centrada está nuestra vida en Cristo, más «se fortalece el sentido de misión de nuestra vocación, con una entrega plena y alegre»[9].Los primeros y las primeras en la Obra, como aquellos primeros cristianos, encontraron a Jesucristo, abrazaron con todas sus fuerzas su Amor y la misión que les presentaba, y vieron cómo su vida se transformaba de un modo maravilloso. En ellos se cumplió lo mismo que el Padre ha querido recordarnos poco después de su elección: «Somos libres para amar a un Dios que llama, a un Dios que es amor y que pone en nosotros el amor para amarle y amar a los demás. Esta caridad nos da plena conciencia de nuestra misión, que no es “un apostolado ejercido de manera esporádica o eventual, sino habitualmente y por vocación, tomándolo como el ideal de toda la vida”»[10].

SOMOS LIBRES PARA AMAR A UN DIOS QUE LLAMA, A UN DIOS QUE ES AMOR Y QUE PONE EN NOSOTROS EL AMOR PARA AMARLE

La misión apostólica, que llena la vida entera, no es un encargo que alguien nos impone, ni una carga que hay que sumar a nuestras obligaciones cotidianas; es la expresión más exacta de nuestra propia identidad,  que  la  llamada  nos  descubrió:  «no  hacemos  apostolado,¡somos apóstoles!»[11]. Al mismo tiempo, al vivir esa misión se refuerzanuestra identidad de apóstoles. En este sentido, la vida de san Pablo es siempre una fuente de inspiración. Cuando se lee la historia de sus viajes, llama la atención la cantidad de ocasiones en que su misión no alcanza el resultado esperado. En el primero, por ejemplo, es rechazado por los judíos en Antioquía de Pisidia, y más tarde es expulsado de la ciudad; se ve obligado a huir de Iconio, amenazado de muerte; es lapidado en una ciudad de Licaonia… (cfr. Hch 13-14).Con todo, el apóstol de las gentes no pierde de vista la llamada que Jesúsle dirigió camino de Damasco, y luego concretó ya en esa ciudad. Por eso, no se cansa de repetir: «¡El amor de Cristo nos urge!» (2 Co 5,14). Incluso cuando escribe a una comunidad que aún no le conoce, no teme presentarse como « Pablo, siervo de Jesucristo, apóstol por vocación, designado para el Evangelio de Dios» (Rm 1,1). Ese es él: el «apóstol por vocación». Y enseguida se dirige a aquellos fieles como «elegidos de Jesucristo (…) amados de Dios, llamados a ser santos» (Rm 1,6-7). Pablo se sabe llamado por Dios, pero es igualmente consciente de que, en realidad, todos los fieles lo somos[12]. Su sentido de misión le lleva a vivir una fraternidad que va más allá de los lazos terrenos. De modo análogo, a la pregunta «¿Quién soy yo?», podríamos responder: «Soy alguien amado por Dios, salvado por Jesucristo; elegido para ser apóstol, llamado a llevar a muchas personas el Amor que he recibido. Por eso, el apostolado no es para mí un encargo… sino una necesidad». Tras haber encontrado a Jesucristo, sabemos que somos sal y luz, y por eso no podemos dejar de dar sabor, de iluminar, dondequiera que estemos. Este es uno de aquellos descubrimientos que revoluciona la vida espiritual, y que nadie puede hacer por mí.

Con la fuerza del Espíritu Santo

Cuando descubrimos al Señor en nuestra vida, cuando nos sabemos amados, llamados, elegidos, y nos decidimos a seguirle, «es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio»[13].

La misión apostólica es, en primer lugar, «como si se encendiera una luz dentro de nosotros». La oscuridad propia de la existencia, que consiste en no conocer con certeza el sentido de nuestra vida, se desvanece. La invitación que Jesucristo nos dirige nos permite comprender nuestro pasado y, al mismo tiempo, nos ofrece una ruta clara para el futuro. Jesús mismo vivió así su vida en la tierra. Cuando multitud de personas le piden que se quede en un lugar, Él sabe que debe continuar su viaje, «porque para  esto  he  sido  enviado»  (Lc 4,43).  Incluso  al  encarar  su  Pasión permanece sereno y confiado, y ante el juez romano no duda: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

Vivir con sentido de misión es saberse en todo momento enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca: para eso hemos sido creados. Y es también decidir en cada momento qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra. Puede haber dificultades, obstáculos, contradicciones; habrá momentos de oscuridad; pero la estrella que marca el norte sigue brillando siempre en el firmamento. Mi vida tiene un porqué, hay una luz que me permite orientarme.

Esa luz de la misión es al mismo tiempo impulso. Pero no lo es como unafuerza  humana.  Por  supuesto,  habrá  en  nuestra  vida  momentos  deentusiasmo sensible, en que experimentaremos un deseo encendido de pegar el fuego de Cristo a quienes tenemos cerca. Sin embargo, cualquiera que lleve algo de tiempo siguiendo al Señor ha podido comprobar que el impulso humano viene y va. Eso no tiene nada de malo: es humano, y los santos son los primeros que lo han vivido, como nos recuerda, sin ir más lejos, la vida del Beato Álvaro del Portillo. Como es sabido, poco después de pedir la Admisión en la Obra tuvo que escribir al Fundador para reconocer que se le había pasado el entusiasmo[14].

En todo esto, conviene no perder de vista que la auténtica fuerza, eldinamismo que nos lleva a salir de nosotros mismos para servir a los demás «no es una estrategia, sino la fuerza misma del Espíritu Santo, Caridad increada»[15]. En efecto, «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu», y por eso precisamente,«para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianzaen el Espíritu Santo, porque Él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente»[16]. Los fieles del Opus Dei le invocamos a diario en la Santa Misa, en algunas oraciones vocales como el Santo Rosario o las Preces de la Obra. En ocasiones, nos ayudará acudir también a alguna oración dirigida especialmente a Él, como la Secuencia de Pentecostés, el Himno Veni Creator Spiritus, o tantas otras oraciones que a lo largo de los siglos se le han dedicado. En todas ellas le pedimos que venga, que nos transforme, que nos llene del Amor y la fuerza que movieron al Señor. Le pediremos entonces: «Espíritu de amor, creador y santificador de las almas, cuya primera obra es transformarnos hasta asemejarnos a Jesús, ayúdame a parecerme a Jesús, a pensar como Jesús, a hablar como Jesús, a amar como Jesús, a sufrir como Jesús, a actuar en todo como Jesús»[17].

Así, el impulso transformador del Espíritu Santo nos dará un corazónencendido como el de Jesucristo, y la misión apostólica se convertirá en la sangre que moverá nuestro corazón. Si nos dejamos llevar por el Amor de Dios, si permanecemos atentos a sus inspiraciones y hacemos caso a esos pequeños gestos que Él nos indica, el apostolado se convierte en el oficio    que    constituye    nuestra    propia    identidad.    No necesitaremos proponérnoslo, y tampoco precisaremos estar en un lugar o en un contexto determinados para actuar como apóstoles. Del mismo modo que alguien es médico (y no solo hace de médico), y no deja de serlo en ningún lugar o circunstancia (en un autobús donde se marea una persona, durante las vacaciones, entre semana y en fin de semana, etc.), nosotros somos apóstoles en todo lugar y circunstancia. En el fondo, se trata de algo tan sencillo como ser lo que ya somos: «los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Lo principal es que  permanezcamos  abiertos  a  la  acción  del  Paráclito,  atentos  para«reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos haconfiado en el Bautismo»[18] y que constituye la realización de nuestra propia vida.

Lucas Buch

4. Evangelio: Jesús elige a las 12 apóstoles

 

Puedes escuchar el evangelio en este enlace o bien, leerlo
https://soundcloud.com/opusdei/jesucristo-elige-a-los-doce-apostoles

 

Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamadoPedro, y Andrés su hermano; Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano;Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo yTadeo; Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.

A estos doce envió Jesús dándoles estas instrucciones: No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios; gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento.

En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella digno; y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en una casa dadle vuestro saludo. Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, vuestra paz revierta a vosotros. Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que en el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad.

Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, cautos como las serpientes y sencillos como las palomas.

Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros. Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése será salvo. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; en verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre.

No es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Le basta al discípulo llegar a ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al amo de la casa le han llamado Beelzebul, cuánto más a los de su casa. No les tengáis miedo, pues nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. ¿Acaso no se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.

A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos.

No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su misma casa.
Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.

Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y todo el que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.

5. Santo Rosario

 

Unas palabras de Don Álvaro antes de empezar
https://www.youtube.com/watch?v=S8zmHvlknPU&feature=youtu.be

 

Puedes  rezar  el  rosario  con  este  audio. San  Josemaría  comenta  el evangelio de cada escena y te puede ayudar a contemplar la vida de Cristo a medida que van transcurriendo las avemarías.

https://opusdei.org/es-es/article/textos-de-san-josemaria-sobre-los-misterios-del-rosario/
https://soundcloud.com/opusdei/1mgozoso-santorosario

 

Aprovecha para poner intenciones fuertes y unirte a los que sufren. Enesta fiesta de San José, vamos a pedir especialmente por la fidelidad de cada un@ y por las vocaciones.

6. Examen

 

1.   En momentos de mayor sufrimiento ¿Intento buscar en el Señor la fortaleza y la paz del alma?

2.  ¿Procuro que mi trato con el Señor en la oración sea cada día más afectuosa; busco el consuelo y la compañía de su Corazón? ¿Soy fiel al plan de vida como manifestación de mi fidelidad a Dios? ¿Tengo un horario para que el plan de vida sea lo primero?

3.  ¿Me doy cuenta que la vocación es –junto con la fe– el regalo más grande que Dios me ha hecho? ¿Es para mí un don y la agradezco con frecuencia?

4. ¿Me doy cuenta de la necesidad de cuidar mi propia formación y de vivir la virtud de la sinceridad para ser coherente y corresponder a lo que Dios me pide? ¿Mi corazón es entero de Dios? ¿Es mi oración sincera, y cuento al Señor lo que llevo en mi interior y que Él bien conoce?

5.  ¿Soy  consciente  de  que  llevar  todas  las  almas  a  Jesús  supone buscar la santificación en lo ordinario (estudio, vida familiar y social)? ¿Me veo como apóstol en todas las circunstancias?¿Rezo por mis amigas?

6.  ¿Soy consciente que con la gracia de Dios es posible ser fiel a Dios toda la vida? ¿Sé que esa gracia no me va a faltar nunca?

7. Segunda meditación: Algo grande y que sea amor: Lo que podría ser tu vida.

 

«¿Quién soy yo?» es una pregunta importante. Pero mucho más importante, nos dice el Papa Francisco, es esta otra: «¿Para quién soy yo?». Nuestra identidad se nutre de lo que hemos recibido, pero toma su forma sobre todo del amor al que dedicamos nuestra vida. Amando a Dios, dejándonos amar por Él, dando este amor a los demás… descubrimos quiénes somos.
Cada hombre y cada mujer están llamados a descubrir el proyecto de Dios en la propia vida.

 

Puedes escuchar el audio este enlace:
https://soundcloud.com/opusdei/vocacin-llamada-dios

Lo importante es que mientras escuchas, te dirijas personalmente alSeñor y entres en un diálogo con Él. Si hace falta, vete parando el audio.

8. Santa Misa o Comunión espiritual

 

Si puedes acudir a Misa, únete a las intenciones del Papa y del Padre.

La comunión espiritual

Vamos a rezar con frecuencia esta oración donde mostramos al Señor el deseo de recibirle en la Sagrada Eucaristía. Puedes repetirla muchas veces al día.

 

 

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