El patrimonio en el matrimonio

Matrimonio, etimológicamente, significa oficio, calidad de madre. Sin embargo, patrimonio, a pesar de la proximidad fonética, significaba en el derecho romano los bienes que los hijos heredaban de su padre o abuelo. Y no andan tan lejos los significados.

Podría decirse que si el patrimonio es un conjunto de bienes materiales, el matrimonio es un conjunto de bienes materiales y espirituales, pues en él, como ya hemos dicho varias veces, lo ponemos todo en común. ¿Todo?

Me permitirán una anécdota personal para introducir el tema. Recuerdo mi experiencia en un gran despacho de abogados. Fue una experiencia estupenda, desde luego, pues allí adquirí muchos y muy buenos hábitos de trabajo y mucha ciencia jurídica, además de hacer también muy buenos amigos…, aunque he de admitir, echando la vista atrás, que quizás no entré con mentalidad de quedarme. Por la razón que fuera, percibí al cabo de un tiempo que, probablemente, ese no iba a ser mi último destino profesional y que no me veía siendo socio del despacho. Algo muy legítimo, claro, porque el profesional no es un compromiso íntegro ni ilimitado, sino que comprende sólo una parte de la vida y de la persona (y no la más importante). Pero esa mentalidad tenía, qué duda cabe, consecuencias prácticas.

Diré sólo una: en el despacho había una gran biblioteca, y los profesionales podíamos pedir los libros que considerábamos útiles para nuestra especialidad, que se adquirían a continuación para la biblioteca del despacho. Quizá no era consciente de la razón, pero, cuando pedía libros para la biblioteca general, yo iba, además, comprando para mí aquellos que más me gustaban, que colocaba en las estanterías de mi despacho. Un día entró un compañero, vio en mi estantería un libro que acababa de ver en la biblioteca y, cuando le expliqué el motivo, se sorprendió de esta práctica. No comprendía por qué, pudiendo adquirir los libros con cargo al despacho y consultarlos libremente, gastaba además mi propio dinero para formar una pequeña biblioteca paralela, y me comentó en broma: «¿ya estás pensando en irte?». Lo tomé como lo que era, una broma, pero, en el fondo, pienso ahora, la pregunta no iba tan desencaminada.

Si bien se mira, ¿qué estaba haciendo sino asegurarme mis propias fuentes de consulta porque sabía que mi compromiso con ese despacho era débil, no era para siempre, ni siquiera en la intención, y temía que, al irme un día, me quedara sin la biblioteca tan necesaria para el ejercicio de la profesión?

 

Una falla en el origen

 

Así sucede en el matrimonio. Si yo me reservo algo, mi mujer puede, podría legítimamente preguntarme: «¿Cómo? ¿Esto es sólo para ti? ¿No lo compartes? ¿Acaso estás ya pensando en irte? ¿Por qué guardas esa cuenta, ese dinero, ese bien sólo para ti? ¿No te vas a quedar para siempre?».

Porque si de verdad quisiera quedarme para siempre, ¿qué sentido tiene guardar algo para mí solo? Poniéndolo en el saco común, el patrimonio en el matrimonio, podré disfrutar igualmente de aquello y no introduciré una fisura en mi relación matrimonial. Cuando uno llega al matrimonio ha de quemar las naves poniendo todo en la hoguera. Si uno se reserva algo, si deja una puerta abierta, dificulta la felicidad. Hay una falla en el origen. Entonces, cuando vienen los momentos difíciles, la tendencia no es pensar que nuestro matrimonio está sufriendo por nuestra mala disposición –que es lo más probable–, sino que hemos tenido mala suerte con nuestra relación. Y, claro, como nos hemos dejado una vía de escape, un rinconcito para nosotros mismos, pues nos vamos a él… en lugar de volver a ella. Ya se sabe, la cabra tira al monte, donde está tu tesoro allí está tu corazón.

 

Cuando uno llega al matrimonio ha de quemar las naves poniendo todo en la hoguera

 

La hipoteca familiar

 

Dicho lo anterior, cada matrimonio gestiona el patrimonio común como le viene en gana: dos cuentas bancarias, una o quince, a nombre de los dos o de uno solo… Lo importante es tenerlo claro en la cabeza: todo es de los dos. No es mi dinero o mi casa o mis fondos de inversión. Y como todo es de los dos, ninguno decide ni incurre por sí mismo en gastos extraordinarios (a salvo los regalos que permita nuestra posición económica, claro).

De esta forma, además, algún día podremos explicar a nuestros hijos que tampoco ellos pueden gastar autónoma e independientemente, sin dar cuentas a sus padres, el dinero que ahorren, proceda de la paga –si les damos–, de los abuelos o de donde sea. De la misma manera que papá no se compra un reloj por capricho sin consultarlo antes con mamá, tampoco los hijos gastan el dinero en lo que les da la gana porque el dinero tiene una hipoteca familiar cuyos titulares son los padres.

 

Todo es de los dos

 

Una dificultad que aflora siempre que se trata este tema es la de los regímenes económicos legales del matrimonio. Yo soy catalán, y cuando viajo fuera de mi tierra y voy diciendo estas cosas, algunos me echan en cara que en Cataluña tenemos como régimen legal el de separación de bienes, que, por lo que acabo de escribir, sería contrario a una visión cabal del matrimonio. De hecho, yo estoy casado en régimen de separación de bienes, entre otras cosas porque nunca se me hubiera ocurrido hacer capitulaciones matrimoniales para cambiarlo, y eso que soy abogado. Probablemente porque cuando me casé no tenía nada propio, igual que me pasa ahora.

Lo primero que hay que decir al respecto es que la diferencia entre la mayoría de regímenes económicos del matrimonio, al menos en España, es de matiz. El de gananciales, por ejemplo, no dista mucho del de separación, pues en aquél el matrimonio sólo pone en común el futuro, no el pasado. Los bienes que cada uno tenía antes, esos siguen siendo suyos, no los pone en común. La diferencia es, pues, cuantitativa, no cualitativa.

En cualquier caso, el problema real de los regímenes económicos del matrimonio es que no están pensados para la vida sino para la muerte del matrimonio. Normalmente, cuando el derecho entra en el matrimonio, el matrimonio sale maltrecho. Los regímenes matrimoniales prevén la distribución de bienes para cuando hay que hacerla, es decir, cuando el matrimonio se extingue. Porque si el matrimonio está vivo y los cónyuges se quieren y se entregan mutuamente eligiéndose recíprocamente cada día ¿para qué necesitan a alguien que les diga cuáles son sus pertenencias? Se pertenecen mutuamente por entero y ni se plantean quién es propietario de qué, pues cada uno lo es del bien más elevado: la persona del otro. Así que, lo mejor, al casarse, es una sana despreocupación sobre este tema y la convicción de que todo, todo es de los dos.

 

Autor: Javier Vidal-Quadras Trías de Bes es secretario general de IFFD y subdirector del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC).
 Fuente: Familia y Cultura

 

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